Un angosto callejón
con las calles empedradas,
donde el frio de los muros
congelaba las miradas.
En lo alto de la torre
ya doblaban las campanas
son las doce de la noche,
horas tristes y lejanas.
En el empedrado suelo
se escuchan unas pisadas,
y las sombras de la noche
se veían reflejadas.
Atrapado por el miedo
apuraba yo mis pasos,
con el alma temblorosa
y el corazón en pedazos.
Un recóndito lugar
donde se posan las nieblas,
repleto de soledad
donde todo son tinieblas.
J. Piñeiro