Nik Corvus Corone Cornix

Juglar

El juglar oyó las campanas
y salió airoso de calamidades diurnas,
se subió al carro y partió hacia lo lejano,
se embebió de mapas y raudo huyó.

Al bajar de la carroza,
se encomendó a las direcciones,
y dió el visto bueno al llegar
a una hermosa aldea de placeres infinitos.

Asomó su mirada por entre el vidrio,
y esa cara y figura aparecieron,
brindándole una sonrisa fortalecedora,
la cual guardó en sus bolsillos
sintiéndose emperador del planeta.

Sus pies recorrieron aposentos de dulzura,
escuchó a sabias brujas de luz
recomendar no bajar los brazos nunca.
Tomándose un elíxir tan puro como el viento,
el juglar raspó ese pedazo de madera
con su instrumento de sueños.

Llegada una aguja
a acompañar a su hermana mayor,
conoció a unos asentadores,
quienes le convidaron cientiañeras emociones
mediante un profundo inhalar.

El juglar tomó las herramientas
y vistoso arremetió una y otra vez,
creando esa escultura vitoreosa
de vínculos y códigos varios.

La dueña del lugar,
y dueña de tamaña sonrisa,
sacó de su galera un dulce dragoncito,
quien bailó y actuó para los presentes.

Su suave caminar y mirada de corcel
no pudo más que enternecer al juglar,
quien de a poco comenzó a pensar
en que la capa dura que cubría su corazón
bien podría quebrarse, y dejar salir
la luz de mil estrellas y más.

Mientras el tiempo fundía sus entrañas,
todos en el lugar ofrecieron sus dotes,
sus emocionantes atributos,
los cuales hacían a cada uno
tan único e irrepetible,
y a la vez, como diferentes colores
formaban parte de la misma paleta.

Al caer la oscura cortina
con ese majestuoso agujero que deja entrar
una fulgurante luz plateada,
se ofrecieron unos a otros entremeses,
para luego ir en busca de la comida
mas jactante y gloriosamente rica.

La hora en que violáceos vampiros
hacen de las suyas finalmente había llegado.

El juglar a todo momento se debatía
entre ofrecer una hermosa amistad
y embellecer su corazón buscando un acuerdo.

Se vio omnibulado
cuando dio cuenta que
su líbido ya no palpitaba tanto,
sino que comenzaba a ahogarse
en un sin fin de gratitudes silenciosas.

Engorroso y enojado
porque la madrugada acorralaba a los quehaceres,
el juglar despidió a la dueña del lugar,
rodando ese carro insulso
mientras un asentador amigo lo acompañaba.

Cuando creía que la fantasía ya cedía,
se maravilló al notar que no todo acababa aún,
ya que un llamado recibía
mediante una voz que ya facilitaba soñar
con esa bailarina de danzas blancas.

El juglar no sabe,
no contempla, no pronostica.
No perpetúa, no proyecta.

Tan sólo desea, con toda su alma,
anhela sentir otra vez
esa caricia de la vida,
que le hará sentir en cada poro
que el cielo es el hoy.