Nataly Olarte

Tenue oscuridad.

He deseado escribir, pero inexplicablemente

 las letras huyen de mis manos.

Aquel remedio catártico al cual tanto recurrí en el pasado

parece hoy dispuesto a prolongar el no sé qué de mi pecho.

 

Risas crepusculares tallo día a día en mi semblante;

unas tan falsas y rotas que se confundirían con cualquier abismo.

Tal vez toqué fondo y aún nadie me ha avisado...

 

La vida pasa por mi lado, mientras malgasto horas

leyendo el mismo libro una y otra vez;

 he memorizado cada línea, cada punto

 y hasta la textura de la página 28

que curiosamente se torna diferente a las demás,

pero que no posee ni un apartado digno de ser citado.

 

Una pila de libros más espera sobre la mesa,

otros tantos, se han resignado al olvido

y al polvo en mi biblioteca.

 

Mientras tanto, continúo acariciando el mismo escrito

 que ha generado hastío en el hastío,

aquel cuyo autor es un viejo decrépito

sin nada que ofrecer al mundo

más que un libro superficial y mediocre.

 

Palabras amables secreta mi mente,

de una forma tan automática

que son ya pus en la herida que nadie atisba,

detrás de unas manos cálidas que se acostumbraron a ser cálidas,

pero que, en realidad no son más que nieve y piedra caliza.

 

Me ahogo en la queja, pero estúpida y paralítica mental

sigo aferrada al sin sentido que me arropa.

 

Momentos de extraña y energética lucidez

crean mil planes en mi cabeza,

unos tan ridículos e idealistas

que luego me hacen dudar de mi propia listeza.

 

La vocecita en mi cabeza no se calla;

cual niñito alegre inyecta en mi pensamiento

perfectas imágenes de general opulencia

y entonces, el corazón late con renovada fuerza,

mientras el cuerpo, inerte en la cama,

le regocija diciendo que iniciamos mañana o tal vez el lunes.

 

¡Haz algo, mierda!

Grita alguien desde lo más profundo de mi interior...

Pero al final, sigo abrazada al maldito libro

que ni siquiera me gusta leer.

 

Vivo una mentira que intento creer para no desfallecer

cuando hasta las cosas que una vez amé

se tornan insípidas y sin significado.

 

¿Cómo buscas refugio, cuando el refugio eres tú?

 

Desaparezco silenciosamente en un foso profundo

con una sonrisa en el rostro.

El miedo congela la sangre,

quiero llorar,

pero no tengo lágrimas...