Lisa Wells

Oda haloperidol


Oda al haloperidol
Aplastado, anonadado,
torpe, mineralizado,
compungido, sometido,
cada vez más deprimido,
lento como un caracol,
tomando haloperidol.

Dicen que soy bipolar
y lo tengo que tomar
para bajar esa euforia
que me lleva hasta la Gloria.
Sin embargo, me fastidia
que me venga la desidia
cuando cede la Manía
y regreso al día a día.

Por eso me cuesta tanto
tomarlo como adelanto,
aunque me diga el doctor
que, si no, será peor.

Pero hay que reconocer
que aunque no lo puedo ver
me ha salvado de ingresar
en el Hospital del Mar.

Me cae mejor el litio,
que me coloca en mi sitio,
pero a veces no me basta
y me pongo a gastar pasta,
y a pensar que soy genial,
con lo cual tengo, al final,
que tomarme, al alimón,
«eso» con Akinetón.

Gracias a las treinta gotas
que te dan cuando te alborotas
te evitas muchos problemas,
ni deliras, ni blasfemas,
ni alucinas cosas raras,
ni te compras cosas caras,
ni acabas siendo ingresado
por estar tan exaltado.
Esta sustancia infamante,
indestructible, indignante,
me deja como un pollito
con cara de huevo frito,
el cerebro congelado
y el corazón apagado,
pero al final, es verdad,
que me da la libertad.
En fin, haloperidol,
te odio (pero eres un sol).