Anngiels Simplemente Mujer

La OFRENDA

Como mariposas enloquecidas sus besos se desperdigaban por su cuerpo despertando instintos que ardían a flor de piel. La sabiduría de sus dedos escribían plegarias en la tabla de su espalda, mientras ella solo respiraba su aliento que en bocanadas calientes llegaba hasta su moreno rostro.

Siguiendo la pendiente pronunciada de su largo cuello una senda de dulce saliva terminaba en la cima de sus senos donde dos preciosos botones esperaban el perfecto ojal de su boca carnosa. Se entregó sin reparos. Las manos, la boca, la lengua de él eran un ejército conquistando cada centímetro de su territorio, colinas, ríos, praderas, su mar y sus cavernas. Se rindió sin protesta alguna, dócil, sumisa, esclava de sus sentidos acató en silencio sus órdenes.

Roja amapola desangrándose, su boca abierta y húmeda exhalando suspiros enlazados con gemidos. Relámpagos cruzaban su espina y su cintura se cimbraba en cada azote de corriente, mientras su piel tejía rosarios con perlas de sudor.

Los ojos enrojecidos de lujuria de él aprendían de memoria cada centímetro de territorio dominado, cada rincón, cada hendija, cada abrevadero. De pronto penetraban sus ojos negros como la noche, abiertos, destellantes, con ese brillo especial que solo da la luz que brota del alma, engarzados en oscuras pestañas lo miraban con sumisión y a la vez placer, cuando ella los entrecerraba para agudizar sus sentidos, esas brazas de fuego se detenían en las lunas anochecidas de sus senos, erguidos, duros, perfectos, dos frutos maduros y perlados de rocío que se ofrecían a su boca ávida. Hambriento y sediento hundía el marfil de sus dientes con suavidad y chupaba como un niño, con dulzura por momentos, con un dejo de violencia sutil otra.

Sus manos recorrían maestras el cordaje de sus sentidos y la melodía que sacaba de ella era perfecta. Sus muslos firmes y torneados eran dos columnas de ébano por las que debía pasar antes de entrar al santuario donde depositaria la ofrenda después del sacrificio. El templo estaba frente a sus ojos, la doncella preparada, su puñal de obsidiana penetró la carne virgen, la oscura flor abierta se deshizo en dulce fluido rojo mezclándose con el níveo y espumoso licor de la ofrenda.

Un grito salvaje emanado de lo más profundo del alma se fundió con el gemir jadeante de ella. Una nube negra ensortijada se desparramó sobre la almohada, su cuerpo recién iniciado en los ritos del amor se desplomó relajado.

Él salió del templo exhausto, sus ojos no perdían la lascivia, insaciable preparó su puñal para hundirlo nuevamente en la carne desflorada; ella abrió los ojos y solo con una mirada rogó, suplicó que volviera a hacerlo.

 

 

 

ANGELA TERESA GRIGERA