Antonio Recinos

Ciudad capital.

Ciudad capital.

Han emergido de la inmundicia cloacal de una gran ciudad, arrastrándose por los callejones bajo la luz parpadeante de las luminarias.
De sus antebrazos cuelga la jeringa infectada de sus vicios... La niebla incierta de los cristales nubla sus cerebros repletos de fracasos y horror.
La ilusión es un término extraño, vanal, sin un significado un rumor lejano que es silenciado por el gruñir de sus estómagos vacíos mientras tanto, los edificios se levantan amenazantes como gigantes groseros de acero y concreto.

La periferia acelerada, seres insignificantes mendigan por las aceras. Ojos inyectados de sangre, vacíos de expresión, almas perdidas en el laberinto de su propia desidia. Seres minúsculos que han claudicado, mugrientos y despreciables sometidos al dictamen de sus instintos... Desde las charcas apestosas aparecen como llagas purulentas aquellos fantasmas sin voluntad, errantes por la ciudad capital plagada de vicios y contagios.

Han emergido de las alcantarillas como alimañas pérfidas, arrastrándose sobre los vidrios y comida echada a perder.

Asqueante visión de los huérfanos del ombligo del mundo, hediondos de su miseria, enfermos de sus violaciones mutuas.

Callejones por hospicios clandestinos, la lluvia cae, cartones mojados, ropa roída que poco aisla el calor en las noches eternas de una existencia atroz.

Allí dónde la luna esconde todas las canciones de cuna allí navegan los ebrios vomitivos, los drogadictos, las putas de a dólar, los locos dé atar...
Emergen de su nefasto sino tambaleantes escorias centro de la burla pública, existencia miserable rascar con desesperación sus pústulas sanguinolentas y onerosas.

Recinos.