Luis Rayo

Y abrĂ­ los ojos dando gracias a Dios

 

Y  abrí los ojos dando gracias,

maravillado de la vida,

la que está hilvanada en su delicadeza

de flores y pétalos de colores

y el perfume de la naturaleza

 

Cuanta belleza ante mi vista,

la magia de la existencia,

el misterio de la apariencia.

 

Demasiada vehemencia

en la naturaleza diamantina

que desciende de la divina

Inteligencia.

 

Y en el vivir

algo que actúa

dentro de uno,

no depende de uno,

y sin embargo es el Uno.

 

 

 

¡Ah! La armonía del universo.

El Verbo manifestado.

El sonido en el silencio.

Y todo en un mismo estado.

 

El milagro de los sentidos,

la conexión con los latidos,

palabras y signos sin agonía,

tan solo vivir,

vivir para la Armonía.

 

La presencia de los creadores,

las sensibilidades más altas,

el que habla de la existencia sin faltas,

y expresa el sentir de su fuerza.

 

La pasión de los enamorados,

la más dulce de las acciones,

la más sublime de las manifestaciones,

donde el amor se constriñe

y la fecundidad se genera

en una continuidad que no espera.

 

 

¡Ah! el recuerdo que salta

de un lado a otro disperso,

a ratos verdugo, y presente

en el concierto del universo,

palanca que acciona una acción

y luego su reacción,

como generador de la creación.

 

¡Ah! Los místicos,

los que reconocen su existencia

Superior y maravillosa, y afluente

en el devenir creciente,

que está presente,

que no se ve

y que mueve todo.

 

¡Ah! los niños,

nos deben recordar 

lo que somos,

y lo que seremos,

más no lo vemos,

y mucho menos

lo entendemos.

 

¡Ah! los niños otra vez,

los que acompañan a la inocencia.

Los que de cuya risa emana la fuente,

donde surgen las preguntas de la vida

una y otra vez,

y la prisa por crecer,

que genera el movimiento

de la rueda que rueda

hasta envejecer.

 

Y  abrí los ojos dando gracias,

maravillado de la vida,

la que está hilvanada en su delicadeza

de flores y pétalos de colores

y el perfume de la naturaleza.