andrea barbaranelli

Un cuento de los orĂ­genes

 

                                                   en memoria de Miguel Ángel Jusayú

 

 

Así que un tiempo vivíamos en el cielo

y cuentan que eso debía ser placentero.

Éramos todos muy jóvenes, entonces,

jóvenes y con hijos pequeñitos.

Lo raro era que no había ningún viejo

como si fuéramos los primeros hombres

y las primeras mujeres en el mundo.

A lo mejor el mundo había nacido

recién o entonces no se envejecía

o era un tiempo anterior a la muerte,

o un tiempo antes del tiempo, no lo sé.

Se la dejo a ustedes la respuesta.

Este es un cuento de veras muy antiguo.

Sin duda algún viejo lo escuchó

de la boca de su abuelo o de su abuela

que a su vez lo escucharon de sus viejos.

¿Por qué pues bajamos de allá arriba?

¿Cómo ha podido suceder

que bajamos del cielo a la tierra

donde se envejece y se muere?

¿Por qué preferimos la vejez y la muerte

a ese paraíso en las nubes?

¿Es creíble que uno de nosotros

vio, como cuentan, un agujerito

en el piso de nubes del cielo

y miró a través del ese agujero

descubriendo los campos y los cerros

los valles las lagunas y los ríos

poblados de pájaros y animales

en el mundo que se veía allá abajo?

¿Es creíble que entonces decidió

pasar a través de ese agujero

colgando de un bejuco y descendió

hasta pisar la tierra con los pies

aún no acostumbrados a las piedras,

a las espinas de los matorrales,

al cieno de los charcos,

para cazar, matar, descuartizar,

asar la carne en un fuego de leña?

¿Es posible que haya sido éste

el comienzo de toda nuestra historia?

¿Que nos haya llevado y traicionado

nuestra avidez, nuestro deseo imparable

de cambiar nuestra vida y la ilusión

de otro mundo mejor que nuestro mundo,

como si el nuestro no fuera ya bueno?

Es la mismísima historia que siempre.

Sentimos un odio inaguantable

por nuestros vecinos porque tienen

o nos imaginamos que tienen

terrenos mejores, más fértiles,

animales mejores que los nuestros,

mujeres más lindas, jardines

con flores mucho más perfumadas.

Por eso los atacamos y matamos,

les robamos las mujeres y las tierras

como si en este vasto vasto mundo

cubierto de selvas sin fin

no hubiera espacio suficiente

para ellos y para nosotros.

Bajamos del cielo a la tierra

y llevámos la muerte aquí en la tierra.

Esta es una historia muy antigua

como la viene contando y cantando

el más humilde de todos nosotros,

un tipo harapiento y con los pies

sucios, cubierto de costras, petulante,

mientras se rasca la cabeza, sentado

en el cordón de la vereda, en el polvo,

también él muy perplejo, como yo,

que trato de poner por escrito su cuento.