Virginia A Hernandez

Hállame

Tú que alardeas en alto lo mucho que sueles cuidarme, esperándome en la cercanía de una distancia falas, por si tu nombre recuerdo pronunciar. Me señalas las huellas que dejaste en las oscuras arenas trayendo la muerte lenta a mi conciencia, apuñalándome con intrínsecas preguntas “¿Por qué me abandonaste?”.
Y no te abandoné, por cierto, pensar eso trastorna la poca humanidad de este ser,
mentalmente inestable… sentimentalmente cambiante.


Hábito a un desierto en llamas que derrite los espejismo del alma,
un alma que creí viva… un alma que siempre estuvo muerta...
Con desespero grito ¡rescátame! o al unísono se puede escuchar un rotundo ¡Sostente, por favor, sostente!, pero no puedo.


Ansío, entonces, en este diminuto momento aquellos tiempos en que tu costado era mi escogido refugio, añoro las conversaciones antañonas, tópicos irreverentes que el frívolo mundo nunca comprendería, esperanzo mi centro por resurgir una vez más, tan fiel... tan perfecta.


¿Por qué es difícil, Amor mío, acercarme al retrato del reino cuya paz es eterna?
La tristeza acostumbra mis difuntos huesos a la felicidad ficticia que otros logran ver… hablan las multitudes sandeces volviéndose primeros entre ellos mismos, sin edificación… dejando sin valor lo que llaman amor… Su labial y excéntrico maltrato, su careta de perfección fugaz aspiran tornarme a la normalidad onírica.
¡Ven! es mi ruego, rescátame porque puedo perderme en esas movedizas arenas que a mi ánimo dominan.