andrea barbaranelli

Mi padre

 

Mi padre amaba ahondar en el pasado.

Cuando de un estrato profundo

cerca del suelo estéril

afloraba una flecha de silex

o un raspador de obsidiana,

casi lloraba de emoción. Yo me daba cuenta

de cómo él hablaba con nuestro antepasado

que había sacado el utensilio de un bloque de piedra

golpeándolo con otra piedra y alisándolo

con un esmero infinito.

Amaba ahondar en el pasado.

Excavar en el pasado.

No solo en los estratos de tierra

sino también en los archivos. Seguía

las huellas apenas visibles,

los débiles rastros cubiertos

del polvo de los siglos.

Era fiel a la especie humana,

a su especie. Al homo sapiens.

Pero también a los más viejos progenitores y parientes,

al homo neanderthaliensis, nuestro primo, decía,

que se había metído y extraviado

en un callejón sin salida de la historia, uno de muchos.

Valoraba el trabajo humano. Rescataba

del olvido todo lo que

corría peligro de hundirse

y que él tenía el poder de salvar.

Era un cristiano sin dios, sin

el culto y el aparato de un dios,

porque no apreciaba los aparatos y porque,

en el fondo,

en su naturaleza más honda,

la que salía a flote en todo su momento importante,

en todo cambio de su destino,

había el gesto del anarquista, del libertario. El amor

anula las culpas. Su amor

anulaba las culpas de la crueldad del hombre

que, como construye, sabe también destruir.

Su amor luchaba contra el tiempo,

el tiempo que construye y que destruye.

 

***

 

Aquí querría verte, ahora,

solo por un momento, como un espectro

detrás de tu escritorio,

entre los libros alineados

en los estantes de tu laboriosa biblioteca,

cuarenta años después de tu muerte, ahora que

de tu cuerpo que hicimos emparedar en un nicho

debe haber quedado solo el esqueleto

y tu calavera ya debe ser como la del hombre que un día

afloró de la tierra cuando descubriste la tumba

de un pastor de ovejas de la edad del bronce,

un pastor muerto durante la transhumancia, bajando

de los Apeninos al mar, aquí querría verte,

como él

apenas un espectro, apenas una aparición

aflorada por un momento en este presente

que es mío y ya no es tuyo,

para hablar de nuevo contigo, reanudar

el discurso interrumpido

cuando empezaste a hundirte en los estratos trastornados

de tu mente, en la estratigrafía enloquecida de tu memoria,

en ese desorden, en esa barahúnda de datos

ya sin puntos de referencia

valederos para los dos,

harapos y fragmentos a lo loco,

reanudar por un momento nuestro diálogo a partir del punto

en que lo dejamos suspendido

esa última vez, estábamos ahí parados,

uno frente al otro, en tu estudio ya inservible

como un vestido dejado o unos zapatos gastados,

y dijiste, recuperando

por un breve momento tu voz,

tu voz antigua y solo tuya:

\"No creas que no me dé cuenta

de que me estoy hundiendo en la nada\".