ALFREDO

ANTALOA II

Los gatos me persiguen por las noches,

observan con agujas

el llanto de mi alma;

huelen,

y están atentos a cada paso indiferente

que clavo con furia

en el suelo condenado.

Tiemblan,

tiemblan las imágenes,

y los gatos platican como gente,

platican y concertan,

platican y condenan.

El polvo, el polvo de los huesos,

el polvo de la carne,

los gatos y sus dientes,

los gatos y su hambre;

la tardanza de mi vida,

el sepelio en mi familia,

los gatos y su furia,

los gatos y sus charlas.

Por ahí da vueltas mortales la luna con sus olas,

por ahí va descendiendo

un sol que nos contempla

y que nos mira con tristeza;

por ahí los gatos y sus golpes,

por ahí los gatos y sus atroces maullidos musicales.

Un incendio en las llagas fantasmales,

un soplido de flor convaleciente,

unas letras que nos consumen desde antes;

lo predestinado está por consumarse;

los gatos y sus señas,

los gatos y sus muertes,

los gatos y sus vidas,

los gatos y su suerte.

Tiempo que recoge con mil brazos

corazones

y esperanzas,

que absorve la estática

tranquilidad de la galaxia;

los gatos y su culpa,

los gatos y sus risas,

los gatos y sus loas,

los gatos,

los gatos,

los gatos:

fines

y

clemencia.