Alejandro Tapia

 A la noche.

 A la noche.

 

 

¡Oye noche, me estás dejando loco!

Entre tu negrura y la blancura  de mi soledad…

Calcifican mi cordura, la voluntad.

 

Tengo pesadillas que luego no recuerdo.

Y si despierto triste, más triste me pongo…

Porque sé de algún modo, que es por soñarla aquí.

Otra vez la melancolía violeta.

Otra vez un perfume ya sin aroma.

 

Y el cuervo , y el ala derecha del cuervo rota.

Y el mareo, el escalofrío y la sensación de claustrofobia que en las noches me da.

 

¡Azul y morado! Siempre azul  y morado.

Siempre ayer, siempre antes.

 

 

Diamantes de agua, lágrimas de cristal, preludio del orgasmo.

La más agria que dulce melancolía…

Y la tierna  sonrisa mía.

Sonrisa del bravo que reconoce la hermosura del amor  incinerado.

 

Doce rabiosos perros rojos que siguen el olor a pólvora.

Rastros de lo que dejó esa noche un poeta, y su vida intensa.

Tengo la vista cansada,  soy brizna.

Un cuerpo casi inerte, con una mente  estéril.

 Y un estómago que con el tiempo  se comieron los gusanos.

 

 

Y ahora que el tiempo con su soplo cada vez más frío  todo me arranca.

Ofrendo, lleno de fe, las cosas que más extraño…

 El ocio adolescente, una tarde calurosa de verano.

La voz, la mirada y la sonrisa de los amigos que sin querer un día perdí y que ya jamás encontré.

El viento de principios de noviembre que nos devuelve intempestivamente, amores ya sin nombre.

 

 

La vida es el sueño, tú el velo y la noche…breve cómo yo, se acaba.