andrea barbaranelli

Himno a Venus

 

 

 

Entonces nosotros dos nos elegimos y amamos

como dos pingüinos en el desierto de hielo

protegiendo del frío nuestro único huevo,

el único fruto de nuestro amor desesperado

en el centro de la superficie barrida por el viento

con todas las fuerzas de la naturaleza desatadas

contra nuestra caliente tenaz gota de sangre

no dispuesta a dejarse morir,

no dispuesta a apagarse como una piedra. El sol,

aunque pálido y bajo, volvería a calentar,

ese sol lejano y perdido

en la noche interminable y aparentemente sin alba,

ese sol remoto en los espacios siderales.

La voluptuosidad, la madre de todas las criaturas vivientes,

se despertaría, a pesar de todo, en ese hielo, la antigua

alma Venus, voluptuosidad de los hombres y de los dioses.