Isabel Rezmo

TRAPECIO

 

Donde habita el péndulo salvaje,

allí me contorsiono.

Sin más me sujeto al quicio de la puerta,

y balanceándome  en la sal escupo.

Comerme la saliva que aprieta mi soga

es envolver la quimera.

Ya no más repito,

despojarme de todo salitre.

 

Sin ancla,

alejarme sin naufragar,

respirando recias camisas de fuerza.

 

Me quedo  en la sed,

dejé de empapar la esponja

 hundida  en el trapecio,

suspendida en  la red  equilibrista

de este poema,

que es un presagio.