Alberto Escobar

Proserpina

 

 

 

 

 

 

 

La saliva se me hacía Leteo
por el despeñadero
de mi garganta.
La savia muerta que me emergía
del Hades rompía mis cráteres
a la vista de tu hermosura.

Cayendo la tarde, a la orilla
de tu frescura retozabas ignorante
de mis desvelos.
Desde la profundidad de mi reino
me envaraba a la llamada inasequible
de Príapo, la blancura de tu carne
verbo de todas las mitologías.

En la cúspide de un instante,
con el rijo exudando por mis cloacas,
emergí repentino para reclamar
mis infundados derechos sobre tu cuerpo.
Prendí con energía tu resistencia,
crispé los dedos sobre tus muslos hasta
comprender sus mecanismos, te sumergí,
Cancerbero aparte, en las simas de
mi oscuridad para que fueras faro
de eternas tempestades.

Tu ausencia materna conllevó la vigencia
empedernida de un otoño externo
que animó la connivencia de Zeus, tu padre.
El olímpico mandato devolvió la primavera
a las colinas, la floresta fue redimida a la  
postre por la voluntad divina.
No obstante, astuto escondí un as en las
fauces de mi perro, seis granitos de Granada...

Esta parca ambrosía en descenso, atando a
su paso tu alma a un yugo inexorable, trajo a
la faz de la Tierra la yerta realidad del Invierno.