Olvidé regresar temprano al cielo,
y las puertas se cerraron sin aviso.
Caí en la tierra con las alas arrugadas,
y pensé que nadie me esperaba aquí.
Hasta que te vi:
ángel de aquel mundo,
con manos simples, sonrisa clara,
y ojos que saben de la luz sin necesidad de halagos.
No necesitas coronas ni vuelos perfectos:
tu risa es un soplo de aire fresco,
y tus pasos convierten esta calle vacía
en un lugar donde todavía vale la pena quedarse.
Me apoyo en tu calma,
como quien se aferra a un faro olvidado en la tormenta.
El cielo se puede esperar,
porque aquí, en tu presencia, encuentro todo.
Acá no hay estrellas para jugar al ajedrez.
Pero cuando te miro,
tu alma de constelación
acomoda el cielo en mi pecho.
Tu olor se queda pegado a la tarde,
a la taza de café, a la sombra de los árboles,
y yo aprendo a ser ángel con los pies en la tierra,
sin prisa, sin alas impecables, solo contigo.
Mis lágrimas te siguen, sí,
pero no son lamentos, son agua que insiste en verte,
y yo las dejo correr, porque contigo,
cada instante es suficiente para recordarme quién soy.
Y yo con las alas sucias
y la barriga llena
ya no quiero regresar.