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kavanarudén

El dulce sabor del regreso

 

 

Lenta cae la lluvia. El sol se ha despedido de la jornada dejando tras de sí un frío húmedo que penetra en los huesos. Una taza de té humeante me acompaña mientras plasmo estas letras. Leo y Lía, mis inseparables amigos caninos, dormidos están cerca de mí. Parecen un ovillo de lana enrollado, encima del sofá. Una música suave impregna el ambiente y una luz tenue calientan la habitación, haciendo mágico el momento. Considero que escribir es tan personal, tan íntimo como un recuerdo, un pensamiento, un sentimiento.

El silencio no significa olvido. ¿Puede olvidar la rosa la caricia suave del rocío? ¿o quizás puede olvidar la brisa marina el canto milenario de las olas? La distancia nos hace valorar aún más lo que se tiene, lo que se ama, lo que se valora en sí.

Tiempo de reflexión, de lectura, de trabajo duro en una lavandería. Yo que siempre he estado en medio de libros, de alumnos, de didácticas y enseñanza, me ha tocado un trabajo diferente a todo lo que hasta ahora había realizado. He experimentado la fatiga del ser humano, del obrero; de quien tiene que trabajar ocho horas al día por una mísera paga, junto con la humillación de una encargada con poca capacidad comprensiva y humana. Entre toallas y sábanas sucias pasaba mi jornada laboral. A un cierto punto pensé no poder seguir adelante, mas lo tomé como una prueba. La fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificio (adquiridos desde la familia y mi educación) me ayudaron y no poco. Pero confieso que a cierto punto pensé en tirar la toalla, pero como dice el dicho popular: “la necesidad tiene cara de perro”. Siendo un trabajo temporal, terminé a finales de octubre. Con la frente en alto y una prueba superada.

Un cierto día cuando estaba escribiendo en mi ordenador, de repente la pantalla se puso oscura y no lo pude encender más. Lo llevé para que me hicieran un presupuesto y, como se podrán imaginar, no era para nada económico. No me podo permitir arreglarlo. Recurrí a los métodos antiguos, un lápiz y un cuaderno. En el silencio de la noche, con el cansancio a cuestas, me obligaba escribir al menos una hora, antes de caer rendido en brazos de Morfeo.

Ahora escribo en un viejo ordenador que me ha prestado un querido amigo. Todo en esta vida tiene su por qué, todo, absolutamente todo, estoy convencido de ello. Dentro de mí siento en muchas ocasiones dos fuerzas internas: la optimista y la pesimista. Menos mal que siempre, después de un combate, vence la optimista. Una fuerza interna que me ayuda a enfrentar la vida con esperanza, herencia directa de mi sabio padre.

He regresado después de una pausa que para mí ha sido enriquecedora. Toda experiencia sirve para temperar el alma. Para entrar en nuestro interior y darnos cuenta de nuestros recursos, nuestra capacidad, nuestro potencial, capacidad y límites. Me alegra reencontrarme con todos ustedes. De volver de nuevo a mi casa “poemas del alma”. Gracias mis queridos amigos y amigas por estar. Espero poder seguir compartiendo con ustedes por mucho, mucho tiempo.