Qué difícil es tenerte cerca, a un paso y medio
de mi mente y manos, y renunciar
a todo afecto o gesto
que delate lo que no expresamos.
Los ojos del gentío impiden soltar la rienda
que me tiene atado del corazón
que silenciado tienta
alzar la voz y estremecer tus labios.
La luz prohíbe despojarnos del atavío
que en penumbra hilamos, secretamente,
cuando el desvarío
de los cuerpos desnudos ató cabos.
Qué difícil es verte sin mirarte, rozar tan sólo
el aire que tus manos furtivamente
ajaron con el dorso.
Extraño no fingir ser dos extraños.