Alberto Escobar

Espinita

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya no éramos compañeros, hacía tiempo...
Un mes antes, escasamente, salió de esta vorágine,
no era para ella...

Los resultados de sus andanzas comerciales empezaron
a declinar allá por los primeras sonajas navideñas, tantas
horas de carretera, cada día, visitando clientes de cierto club
de lectura que hacía poco pasaron a engrosar los listados de
la editorial para la que trabajábamos a la sazón.

Nos echábamos a la calle bien temprano, para que nos cundiera
el día, ya fuera en Sevilla o en cualquier barrio de las provincias
limítrofes, gente sin aparente amor por los libros que con la magia
de una sabiduría sobrevenida, al calor de la dedicación cotidiana,
emergía de no se sabe qué esquina de su alma.

Pasábamos el día juntos, comíamos en el mismo bar con el resto
de compañeros, nos debatíamos entre risas a las horas de la desgana,
a esas que rondan la comida, hasta forjar una especie de admiración
mutua basada en lo que llegamos a descubrir el uno del otro.
Ella tenía novio, no sé de ella desde entoncés, casi veinte años ya.
Me fui enamorando al ritmo de los leños que en el hogar van al
rojo incandescente.

Su frescura, que caía del blanco de su piel, del moreno de su pelo
y de la candidez de su mirada, era un soplo de frío invierno que se
cuela por una ventana abierta después de un sueño.

Quedamos para vernos unos cuantos de los que éramos entonces,
había sed de recordar, de tocarnos con las miradas, de reir como
lo hacíamos, con la demasía del estar a gusto cada instante.
Era sábado, un sábado de febrero de hace dieciocho febreros, una
discoteca, unas ganas de buscarnos, ella seguía teniendo novio, el
mismo de entonces...

Nos acercábamos bailando, daba igual el ritmo de la canción, todo
era acercarse, tocarse, rozarse desde la llema de unos dedos que
enloquecían de enredarse, ella me seguía, yo no me atrevía a
orillar sus labios, tenía novio, me pudo el respeto. Ella esperaba
porque su compromiso le atenazaba, yo no me decidía, mi deseo
era máximo pero también el respeto.

Nos volvimos juntos a casa en un taxi, yo le acariciaba su mano
de extrangis, apoyada sobre la tapicería del asiento, tenía novio,
me podía el respeto. Ella vivía más lejos, me bajé dejándola dentro
con un adios cual cascada que hace evaporar una piedra caliente  
de sol.

 

 

No hubo otra ocasión, se me quedó dentro, se me quedará
siempre.