DEMÓDOCO

PARRANDEAR CON UN HISTORIADOR MILLONARIO

 

[Narraciones de Claustro Universitario y Extramuros Académicos]

Por Alberto JIMÉNEZ URE

 

No tengo certeza sobre quién habría dicho a Don Guillermo Morón [Pontifex de la Historia Venezolana]  que siempre me veían acompañado de varias y preciosas jóvenes estudiantes de la Universidad de Los Andes. Sospecho del seductor cardiólogo Carlos Guillermo Cárdenas, quien solía bromear conmigo al respecto:

-«Estás bendito –me decía el Vicerrector Académico»-. Eres un imán para las chicas […]»

-Son alumnas del mi «Taller de Literatura y Periodismo de Opinión», Carlos –le respondía, una y otra vez, de esa forma-. No soy ni imán para ninguna ni «falo de oro»: entiendo y venero, profundamente, el Alma [«Máter»] Femenina.

El millonario historiador larense llamaba a mi audifonovocal con cierta frecuencia, para invitarme beber whisky en el Park Hotel u otros lugares de nuestra agitada ciudad [hoy es un sepulcro por culpa de los exterminadores del Socialismo  Presunto del Siglo XXI]

-No olvides preguntar a tus alumnas si les gustaría acompañarnos: beberán y comerán divinamente con nosotros, en los mejores lugares –prometía Morón-. Sabes que soy muy generoso con las damas […]

-El bar del Park Hotel es magnífico –le sugería-. Mi apartamento está situado a una distancia de doscientos metros de ahí, y eso me conviene. Las muchachas pueden regresar en taxi a sus residencias. O dormir contigo, ja, ja, je.

-¿Crees que no estoy en condiciones de  falotrar con varias muchachas?

-Nunca «contiendo» pero «discierno» […] Si muy muy viril eres, en comarca de mujeres ajenas un varón más cojudo te lo reclamará con vehemencia. Pero, tranquilo, no tengo harén aquí.

El ilustrísimo, provecto y hedonista miembro erguido del Opus Dei sabía celebrar la vida. Ya estamos más o menos ancianos. Presumo que él retirado del mundanismo. No inhibía su apetito por las mujeres hermosas. Durante varios años visitó, cada tres meses, nuestra ciudad montañosa atraído por ellas. Me impresionaba su propensión al dispendio. Cada noche de juerga era con botellas de Heroica [«18 A de envejecimiento»]

Cuando cumplió 75 organizó una espectacular fiesta en la ciudad de Trujillo. Fue la última llamada telefónica que recibí del amigo.

-Podría enviar a mi piloto buscarte con la avioneta –arrogó-. Pero, trae poetisas. Diles que vengan contigo a Trujillo.

No fuimos en su «objeto volador sí identificado» (OVSI) a causa las lluvias y espesa neblina en áreas del Aeropuerto «Alberto Carnevalli». La famosa y encantadora poetisa Mireya Krispin me propuso ir en su nuevo Jeep, lo cual hicimos acompañados de una actriz teatral cuyo nombre no recuerdo. Llegamos antes del mediodía. Nos asignaron habitaciones en el hotel donde ya la parranda estaba en curso. Morón deambulaba por cada resquicio con Heroica «en las rocas», una linda novia casi menor de edad y su nuevo guardaespaldas [un sujeto muy alto y espigado, pero musculoso que –según Guillermo- era Doctor por la Universidad de Madrid]

-Bienvenidos –nos dijo a Krispín, la actriz y a mí-. Hay abundantes entremeses y cajas de whisky […] El almuerzo se prolongará hasta convertirse espléndidamente en cena.

Nos divertimos mucho durante horas. Cuando comenzó anochecer la novia del historiador quiso platicarme y nos sentamos en una de las butacas. Ella me decía que conoció a mis primos Ure en Carora, que estudió bachillerato con él. De inmediato cambió el tema para murmurarme al oído:

-Guillermo me regaló un apartamento en Mérida.

-La generosidad de mi amigo es proverbial –interactué en voz baja-. Tienes mucha suerte.

De súbito, apareció el custodio del cumpleañero y me apartó de la bonita: apretujándome fortísimo el brazo izquierdo, mirándome feo. Me molesté con él y se lo dije. Me empujó hacia un lugar más apartado, sentándome -tosco- en un mueble gris. Levantó una pierna y la colocó a mi lado. Usaba botas vaqueras. Remangó el pantalón y me mostró una pistola «Obregón 45».

-Mi arma letal y Morón están enfadados contigo, porque pretendes quitarle su novia –musitó amenazante-. Regresas a Mérida, de inmediato, o celebraremos tu muerte antes del amanecer […]

Noté que, desde la distancia, el historiador nos observaba. Pude dilucidar lo que infería leyéndole sus movimientos labiales:

-Si muy muy viril eres, en comarca de mujeres ajenas un varón más cojudo te lo reclamará con vehemencia.