andrea barbaranelli

Orden

Una mañana decidí

que era ya tiempo de darle

algún retoque al paisaje:

es un deber renovarse.

Es pues ya mucho que el hombre

lleve dentro de sí su sepulcro.

 

Comencé a poner orden

amontonando en el centro

las tristes escorias nocturnas,

los penosos residuos del día,

los herbarios de la memoria,

los lapidarios del sueño.

 

El cúmulo en el medio iba

creciendo ya sin medida

y el aluvión formaba

un delta oscuro hacia el mar.

 

Arrastrado por la corriente,

despegaba de las paredes

manchas de humedad antigua

y arabescos de sol.

 

Del revoque rezumaban

frescos de colores turbios

y a cada golpe de espátula

los trazos se desenredaban.

 

El paisaje mudaba

su piel como una serpiente,

con la única diferencia

de no volverse más nuevo.

 

Sus capas se deshojaban

y tal cual una cebolla

conservaba su aspecto

y conservaba su olor.

 

Fue entonces que mi prudencia

me aconsejó detenerme

cuando ya los desechos

estaban a punto de ahogarme.

 

En cama, de noche, la rígida

geometría de mi esqueleto

volvió a ordenar un espacio

preciso y consolador.