TRINIDAD PINAZO

ENDRIAGO

 

Por qué te cebas,

tedio impenitente,

leviatán hambriento

de oscuros humores.

 

Por qué no dejas que te engañe

con sentimientos suaves,

con razones  livianas.

 

Por qué no amoldas tu paso

al discurrir del tiempo,

como cuando no gritabas,

y andabas escoltándome,

encadenado a mí,

respirando a mi lado,

sereno, invisible y acompasado.

 

Por qué pretendes sellarme

regazo y entrañas

al  manantial de  savia

que  reserva  la vida.

 

Por qué me extravías.

 

Y me empujas a hundirme

y me amarras el pecho

y sacudes mis sienes

sin resquicio de tregua.

 

Y me desvelas,

barriendo de un plumazo

diques y defensas,

muros de contención de rabia,

esclusas y presas.

 

Y anegas de rencor

armas y parapetos.

 

Por qué te niegas a aplacarte,

a atender a verdades,

por qué te obcecas ciegamente

en lacrarme los labios.

 

                                        No tengo más remedio que domarte.

 

Y te lo digo ya ahora:

                                    Va a ser cuestión de cuentas

o de ajuste de ritmos

                                     entre tú y mis ganas,

pero al cabo del camino

                                           soy yo quien te vence.

 

Ve haciéndote a la idea.

 

Para qué cebarte entonces,

monstruo endriago,

leviatán informe.

 

O existes solo

para engendrar la sombra,

humus oscuro

que la raíz perfora,

que abreva las fauces

de la memoria...

 

para que brote en mí,

rugiendo en tu contra,

la auténtica esencia

de mi persona.