Joseponce1978

Terapia psicológica

Un hombre de mediana edad acude a consulta psicológica. La doctora, una mujer también madura que no aparenta su edad, pues conserva aun la belleza de la juventud, incrementada por el poso de elegancia que dan los años, con más de una década de experiencia profesional a sus espaldas, lo invita a sentarse en el sillón que hay frente a ella, al otro lado de la mesa.

- Dígame, ¿qué le ocurre?- pregunta ella, mirando fijamente a los ojos del hombre.

- Mire usted, doctora, si le digo lo que no me ocurre seguro que terminaríamos antes, este pozo sin fondo que es la mente, qué le voy a contar a usted que no sepa ya. Pero bueno, comenzare por lo que más me preocupa ahora y el resto lo dejaremos para más adelante. Para ponerla en situación, y aunque no la quiero aburrir demasiado, empezaré por el principio para que se haga una idea general. El caso es que a mí siempre me ha gustado leer. Hasta hace poco, prácticamente solo había leído prosa, pero hace un par de años, en un curso de acceso a la universidad que hice, le pedí al profesor de literatura que me recomendase alguna lectura, y me aconsejó la antología de Miguel Hernández. Como le digo, hasta entonces me había dedicado a leer novelas, y aunque este tipo de historias encierren bastante prosa poética, nunca me había llamado mucho la atención la poesía pura, pero yo, que en este tipo de casos me caracterizo por ser bastante obediente, seguí sus consejos y me leí de cabo a rabo la obra del poeta cabrero. En ese momento aun no era consciente del embrollo en el que me estaba metiendo. La cuestión es que me fui sumergiendo poco a poco en el mundo poético y me ha atrapado de tal manera, que creo que he acabado por tener complejo de metáfora.

- ¿Cómo dice? creo que no le entiendo bien, es el primer caso de estas características que se me presenta.¿Cuales son los síntomas?

- Mire usted, síntomas tengo a puñados, se me van cayendo de los bolsillos. Y me están generando una serie de desajustes emocionales que no sé como voy a terminar. Todo empezó por ramalazos puntuales. Por ejemplo, si me veía caspa en los hombros, tenía la sensación de estar transformándome en montaña nevada, o cuando pasaba por al lado de un rosal, me metía entre sus espinas sin saber bien si me había convertido en mariposa o abeja. Pero ya le digo, eran casos aislados. Todo se agravó el día que, indagando sobre poesía en internet, di con poemas del alma. Es un gran portal en el que cada uno escribe y publica lo que se le antoja. Sus usuarios son poetas mayormente, aunque tambíen hay quien escribe prosa. Todo el que tenga algo que escribir tiene sus puertas abiertas. Hay escritores de todo tipo: inconformistas con el mundo que nos rodea (como puede ser mi caso), personas que le cantan al amor, románticos, mucha tragedia, ecologistas... Ya sabe usted, lo típico en los poetas. En el fondo pienso que siempre he sido uno de ellos, lo que ocurre es que no lo había descubierto hasta que el profesor del que le he hablado me abrió la caja de pandora. Creo que un poeta no tiene porqué escribir poesía necesariamente, pues esta se puede sentir sin necesidad de expresarla con palabras. Lo que sí es cierto, es que me ha sorprendido gratamente encontrarme con personas tan majaretas como yo, pues ya daba por asumido que era un rara avis. Esto que le estoy contando no sería ningún problema de no ser porque ya está causando estragos en mis relaciones personales y en mi vida social. Dese cuenta que ayer fui al supermercado a comprar una barra de pan y al ir a abonarla, la cajera me preguntó que como iba a pagar. Yo le contesté: no tengo tarjetas, siempre pago en efectivo, sin ánimo de ser lascivo me perdería entre sus tetas. La chica pilló tal cabreo, que me quería encasquetar una bolsa grande. Traté de disuadirla explicándole que la culpa de todo la tenían Carlos Armijo, que me había contagiado de sus pícaras letras, y la señora Mercedes Bou, que de tanto estudiar su métrica y su rima, los poemas se me escapaban de la lengua. Pero nada, no hubo manera de convencerla, ni siquiera diciéndole que no me diese plástico, ya que soy ecologista, conseguí evitar salir de allí plastificado. Saliendo del supermercado vi a un policía ayudando a una anciana a cruzar la calle y pensé que la estaba reduciendo para llevársela detenida, y me dio por decirle al agente que era un progresista mamporrero. Menos mal que el hombre fue condescenciente e hizo oídos sordos, de lo contrario nadie me habría librado de una multa de las gordas. Creo que Angelillo d\'uixo está influenciando demasiado en mí. Ese tio es un genio miserable, que no es lo mismo que ser un miserable genio, ¿se da usted cuenta de la diferencia? Ya llegando a casa, cuando me dispuse a entrar, no logré meter la puerta por la cerradura de la llave. Y es que Tokki, con su abstracción, me ha llevado a un mundo Picassiano. Al fin conseguí resguardarme en casa y ni allí me pude sentir tranquilo. Intenté calentarme un vaso de leche en el microondas y me quedé mirando fijamente el vaso dar vueltas, al cabo de un minuto se había detenido y el que daba vueltas era yo en mi hogar rotatorio como si la transgresora Julieta Iallorenzi hubiese quitado el tapón del cielo y me viese abocado a ser succionado por el sumidero celestial. ¿Qué opina, doctora, cree que es grave?

- No creo que esté para morirse pero será urgente que inicie un tratamiento de psicología inversa.