Alberto Escobar

¡Qué cabeza!

 

Arma virumque cano.

 

 

 

 

 

Tuvo que huir de su ciudad, la que lo vio nacer.
Con su padre a cuestas honra su estirpe, casi extinta.
Recorrió con el alma a los pies miles de leguas marinas.
Los Mares Egeo, Jónico y Tirreno fueron mudos testigos
de sus lamentos y receptáculos de sus oscuras lágrimas.
Cuando se aproximaba a la adorable Sicilia fue succionado
como por un destino amoroso, que se supo decepcionado
por las exigencias de la Historia. Debía fundar un Imperio...

En su hondo rencor, la deliciosa Dido juró a los dioses
venganza. Cartago se descarga contra Roma.
Su padre quedó sepulto a las puertas de la gloria porque 
no había espacio reservado para él en la posteridad.
Cuando satisfecho de avistar costa, con la sonrisa abarcando
sus mejillas, se dispone a tomar posesión de su trono, vocea
a la ansiosa tripulación para que emprenda el desembarco
en una playa que toca la desembocadura de lo que parece un
gran río.

Revisando sus pertenencias constata horrorizado que uno de
sus útiles íntimos, imprescindible a lo sumo, lo dejó olvidado
en el tocador de su habitación troyana. Su cepillo de dientes.
Tras unos largos cinco minutos de reflexión, durante los que
desfilaron por su mente todo el Olimpo de los dioses, tronó a
su pesar la siguiente frase:

¡Amada y fiel tripulación, virar a estribor, volvemos a Troya!