Pedro Javier MV

BOLETO AL CIELO SIN LUCÍA

En un cuarto a poca luz, intervalos de sonidos, y en mi cabeza un pensamiento, “de mi fortuna surgió parte de mi desgracia”.

 Meses antes de abrir los ojos en aquel lugar, seducía a cualquier mujer con detalles caros.

Afortunado yo: buena juventud y una sociedad de emprendedores.

 Tiempos difíciles. Tenía que ser un hombre con carcasa fuerte que escondía un corazón con problemas.

 Gozaba  con la diversión de damas de compañía que luego de una noche agitada y la ausencia de palabras, perdía el interés por sus cuerpos desnudos.

  Toda una obra de teatro, yo era el protagonista y la mañana siguiente debía firmar un cheque.

 Cierto día, en alguna tienda, me distrajo unos lindos ojos. Al parecer había un corazón herido y un alma vagante en ese lugar.

Se movía hacia mí lentamente; le hice una propuesta indecorosa que terminó rechazando.

Entonces la invité a comer algo y tomarnos algunas copas de vino.

Justo el momento que interrumpe una llamada de la empresa.

Le pedí permiso para ir al baño y al regresar ya se había marchado. Desconcertado quedé con la idea de haberla perdido, pagué la cuenta y regresé hacia mi auto pensando en volver a verla.

Esa noche intenté dormir, pero no pude.

Me dolía el pecho; quizás un sentimiento desconocido por aquella muchacha.

El médico me dice que tengo una enfermedad en el corazón y necesito un trasplante, algo no tan difícil de resolver con dinero.

 Corría el mes de febrero.

Mi presencia en la Iglesia sorprende al pastor que grita ¡Lucía!, la joven que se veía al final.

Era la misma chica de ojos verdes y cabello castaño que había conocido en el centro comercial.

Sentí mi cuerpo paralizado.

El pastor con voz calmada me preguntaba a que se debía mi visita, yo le imploré en nombre de dios perdonar mis pecados;

 Al salir de la iglesia estaba ella sentada a pocos metros, en un parque desolado; me acerque y le solicité permiso para sentarme.

Nuestra conversación solo duró algunos minutos; suficiente para darme cuenta que no era como las otras chicas.

Ella se marchó y yo quedé en aquel banco con el orgullo herido.

 En mi afán de tenerla, hice algunas llamadas a un detective privado que yo conocía y tres días después recibí su llamada.

Entonces supe lo esencial, donde vivía;

Pensé actuar como si estuviera avergonzado de la charla del parque.

Buscando la manera de entrar en su vida; un amigo con esperanzas de algo más.

Y lo logré.

 Comencé invitándola al cine y llevándole flores cada día de la semana, hasta robarle un beso bajo de un puente de zarzas y una tenue llovizna.

 La primera noche con ella, mientras la desvestía, noté que su cuerpo desnudo era escuálido, frágil.

 Me deleité mirando sus senos, su piel y esa mirada de sus ojos verdes que parecía perderse en alguna parte lo profundo de mí.

 Fue una noche donde la ternura era salada.

Lucía era un río y era un mar.

Era el agua cristalina y suave que baja de la montaña, y al mismo tiempo arremetía con un oleaje violento contra mi cuerpo.

 En muy pocos días, la adentré en mi mundo que parecía más sucio que el de ella.

Durante ese mes, fui muy precavido mientras pude, para que ella no notase mi condición de cazador de prostitutas; de amante de mujeres fáciles, que fácil se van.

El médico me llama diciendo que ya consiguió un corazón apto para el trasplante.

 Fijé la fecha de la operación con el médico.

Fue difícil decidirla, la empresa me necesitan todo el tiempo, además que también tenía que decirle a Lucía.

Cierta noche vi una lágrima correr por su mejilla. Me abrazó y me besó desesperadamente, como si quisiera decirme algo importante que nunca dijo.

Me acosté a dormir, aunque ella se quedó despierta, mirando la luna a través de una ventana húmeda por la frialdad de la noche. A la mañana siguiente recordé que era mi cumpleaños. Lucía parecía mejor, incluso, había hecho un pastel, que terminó adornando con velas, las apagué con un soplido y no recuerdo las razones exactas.

 Sin pensarlo mucho le propuse matrimonio.

Algo precipitado.

 Su respuesta, si es que hubo una, fue un llanto horrible.

Traté de abrazarla, pero fue imposible, Lucía me apartaba. Al final decidí que lo mejor era dar algunas vueltas.

  Ya casi me operan. Solo un par de semanas y el miedo a la operación me tortura.

 Ni siquiera he tenido la voluntad de afeitarme. Quizás luego, cuando me sienta mejor.

Al regresar Lucía no estaba. La busqué por la casa, la llamé por teléfono y nada.

 Entonces para sumar incertidumbre a la situación recibí un mensaje del investigador que decía: Lucía no es la mujer que tú crees.

No entendí que quiso decir en ese momento, pero tampoco pude contactar con él al próximo día.

Al final de la semana, sin saber de Lucía, decidí pasar por la oficina del detective. Allí me recibió una joven que me dijo: Brandon ya no está entre nosotros, murió ayer de un cáncer generalizado.

Con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, entre aquel lugar buscando algo.

Encima del buró había un paquete con un boleto de avión, un número de teléfono y un sobre blanco, además, muchas fotos de Lucía y el pastor de la iglesia; su padre que ya no me parecía tan padre.

 El tipo la abrazaba, en algunas, la besaba, en otras, ambos estaban desnudos en una cama.

 Aquello me golpeó, sobre todo por la expresión de Lucía, que parecía sometida a algún castigo.

 En pocos días me operan y ya no sé si quiero que lo hagan.

Tal vez  sea mejor que muera de forma natural.

Quizás ese corazón no me pertenece.

 Fui a la iglesia con el objetivo de encarar al pastor; de recuperar a Lucía de las fauces de ese lobo vestido de cordero.

La iglesia estaba completamente vacía, como si estuviera abandonada.

Al final de pasillo; en aquel banco donde Lucía solía sentarse, estaba mojada la madera.

 Regresé a la oficina del detective.

Debía haber algo más concreto de Lucía.

Hurgando entre las cosas del paquete, observé algunas fotos más recientes y la nota en el sobre blanco.

 

Luis, amigo, sabía que vendrías a mi encuentro después de ese mensaje, disculpa todo este misterio, pero tenía que ser así. Hacía tiempo que yo estaba enfermo de Cáncer.  Antes de recibir tu llamada ya tenía días pronosticados. A diferencia de tí, siempre estuve pendiente de tu vida luego de la muerte de tus padres, todas estas pruebas parecerán descabelladas, pero es la realidad. Lucía no es la mujer que tú crees, tu médico un farsante y el Pastor de la iglesia es un acecino.

En el paquete, el número de teléfono es del Cirujano que debe operarte, en un hospital fuera del país, para eso el boleto de avión. La chica que debió abrir la puerta es una asistente que te guiara hasta entonces,…descuida es de fiar. Te confieso que tu caso me contuvo unos días más con vida de lo previsto. Si de algo sirvió mi ayuda tendrás que tomar una decisión… Ten feliz vida. Tu amigo Brandon

 

A punto de cambiarme el corazón y cada vez estoy más seguro de estar vivo. Un boleto al cielo real, lugar más probable donde Lucía esté.

 

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Pedro J.M.Valenciano
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