kavanarudén

Jueves Santo

 

En esta noche santa me interno en el misterio.


Contemplo, solo contemplo y cayo.


La grandeza se encuentra con la pequeñez; la perfección con la imperfección total; la fuerza con la debilidad; la Divinidad con la santa humanidad.


Son las tres de la mañana y el templo está en completo silencio. Se puede escuchar el crepitar de las velas y algunos pasos de quien sale o entra.


Fluctúa el suave aroma de incienso en el ambiente, todo lo abraza y eleva.


Media luz que llama a la interiorización, oración, reflexión.


Los recuerdos cabalgan en mi memoria. Tantos años atrás, acompañando a mi difunta madre a la Iglesia. Ella arrodillada delante del Santísimo, rigurosamente de negro. Rosario en mano, mantilla….sus labios en constante movimiento, mientras su mirada se concentraba en el monumento. Vencido del cansancio me dormía, pero sentía, aún sin comprender en profundidad, la importancia de aquel momento.


No puedo negar el dolor de la distancia y de los años que han pasado. Cierro los ojo y me dejo llevar. Oro por los míos, por mi gente (siento el dolor de la distancia y la mordida sórdida de la soledad), por mis amigos, conocidos, por lo que me quiere y también por los que no.


Jueves santo siempre ha ocupado un lugar importante en mi existir, parte de mi historia.


Me amó aún sabiendo que lo iba a traicionar. Tenía la certeza de que lo haría, que lo traicionaría ¿hay amor más grande que este? Creo que no. No creo poder amar a alguien del cual tenga la certeza de que me traicionará, me apuñalará. Ahí la gran diferencia entre lo humano y lo Divino.