Imagino que jamás volveré a contarle a nadie sobre mis juegos a escondidas con los fantasmas de la infancia, ni a escribir a mano otro libro. Imagino que jamás amarraré junto a un mapa las llaves de mi hogar, ni iluminaré de buena fé el callejón que lleva hacia el centro de mis muslos, que no hablaré por horas y horas de los reencuentros con mi padre, de mi temor a heredar el delirio de ser perseguida, que no hablaré más de este afán alucinante por las manzanas, ni de los terribles caballos que en sueños me parten la espina dorsal... tampoco del hijo que no parí por abortarlo. Imagino que, de una o de otra forma, el tiempo se me acelera por dentro, como una locomotora maligna que va repleta de gente, gente que no tiene ni puta idea de que no llegará nunca a entregar un anillo, a enterrar a una madre, a establecerse en otro destino menos cálido, pero convenientemente superior, a hacer muñequitos en tiempos de nieve, a bañarse sin prejuicios durante el verano, a toparse con el amor de su vida, porque el amor de nuestra vida no existe. Y esa gente no llegará porque a alguien se le ocurrió entrelazarlos en un viaje interrumpido, dentro de mí, en el que todos ellos, con sus sueños y sus planes, chocan contra los sueños y los planes de otros que no conocen.
Imagino que no podré estrenar los pendientes nuevos que me trajeron los reyes, sin extraviar una parte de éstos cuando me acomode el pelo detrás de las orejas, y esté nerviosa, que nostalgias como las de anoche se repetirán con menos intensidad cada vez, hasta que no recuerde con exactitud por qué o por quién lloro. Entonces volveré a ser la bendita piedra de antes: indolora, incolora, somnolienta, pero también seré la superviviente de un hombre, que se quedó dormido en la promesa de ofrecerme algo más que la transpiración de su camisa.