kavanarudén

Las palabras

 

No deja de asombrarme el poder de la palabra, sea esta escrita o verbal.


Una sola palabra puede motivar o desmotivar; sanar o dañar; construir o destruir.


Hay palabras que dan vida: “te quiero”, “tú puedes”, “eres especial”, “tienes un inmenso potencial”, “verás que todo pasará”, “cuenta conmigo”, “estoy a tu lado incondicionalmente”…


Hay palabras que matan: “te odio”, “eres un(a) incapaz”, “estúpida(o) como siempre”, “por más de que lo intentes no podrás lograrlo”, “eres y serás un fracasado(a)”, “me avergüenzo de ti”, “qué asco me das”… Ya solo pronunciar o pensar en estas últimas palabras, se me arruga la frente y se me cierra el estómago.


Peor aún si estas palabras han sido pronunciadas por personas cercanas en nuestra más tierna infancia, sobre todo por nuestros padres. Pueden comprometer el equilibrio emocional, creando una baja autoestima. Desarrollando un complejo de inferioridad.


Lengua mordaz aquella que sabe la debilidad del otro e lo hiere propio ahí con sus palabras.
Bien certero aquel proverbio ruso que dice: el que ofende escriben en arena, el que es ofendido escribe en mármol. Fácil ofender, difícil el sanar esa ofensa.


Mala consejera la rabia o la ira que nos suelta la lengua y la convierte en una espada de doble filo.


Es impresionante como trabaja la mente, el cerebro, cuando tenemos una fuerte discusión con alguien. Comenzamos a buscar la forma de aniquilarlo, de herirlo a muerte, de dejarlo fuera de combate teniendo nosotros la vencida, la última palabra.


Ojalá, tuviéramos al menos la humildad de pedir perdón, cuando hemos dañado a alguien, siendo conscientes de lo que hacíamos.


Todo lo escrito me lo aplico a mí en primera persona. Procurar dejar de lado las palabras que hieren y tener abundante vocabulario que motive. Donde la ignorancia habla, la inteligencia calla.

 

Consciente estoy que este tema es muy amplio y habrán diversas opiniones, todas respetables evidentemente. Es simplemente lo que pienso.