Meigo

ABRAZOS EN SOLEDAD.

 

 

Abrazado a ti en la soledad de mi penumbra,

sentado en el sillón del silencio y la abstracción,

me dejo llevar hacia donde no quiero llegar.

Allá donde viven los íntimos y dulces momentos

de las siempre eternas y dolorosas despedidas

que quedan para sí y de sí mismas olvidadas;

despreocupadas,  en la puerta de salida

por la que los recuerdos inician el obscuro

 y sinuoso viaje, sin retorno, del arrincono.

 

Suena sola, angustiada, en los últimos instantes,

 como tintineo de campana salvadora,

 la antigua y siempre deseada inocencia.

 Aquella de la que sentía vergüenza cuando crecía.

 La que grita en lo más lejano de mi interior,

allá en el fondo de nosotros,  atrás de todo,

 (y en mí, sin duda, desde mucho más atrás),

 con la fuerza de mi niñez, en la madurez,

 añorada (me acuerdo del campo oliendo a campo).

 

Es la voz tímida, disfrazada del especial

miedo a ser escuchada por los lejanos mayores,

distantes (suficientes ellos) displicentes y ausentes,

que no sentían porque no atendían palabras

que no fuesen las suyas, creídas, sin más motivo

-¿para qué otro?- que simplemente no escuchar.

Grita y resuena. Se despierta de golpe el tiempo.

(Ahora me acuerdo de los juegos, abrazado

 a mí, dejándome llevar donde llegar no quiero).