JAIME VERDÚ ORELLANA

SIN EXISTIR EN TI

 

Yo que  muero, sin existir en ti,  

jamás a Delfos, mi alma arribaré.

Al jardín de Atarazana tornaré: 

con paso lento, imperceptible casi, 

encallando en el oasis de azafrán 

y tomillo, madurando tus miradas,

con paso lento, imperceptible casi.

 

 

En pencas suaves de jazmín, a ti

llevaré, en abanico de palmeras,  

a las puertas de la cuna picassiana.

Sorteando adoquines de la roma

Alcazaba. Juntos en la noche mora,

al  dulce cobijo, moragas y espetos.

Luna de agosto que duerme la mar.

 

 

En arena huidiza esculpiré

mil,  y un millón, con letra de azahar,

 tu nombre. Oh sinfonía inacabada.

A las olas, tornaré eco de tu voz,

con timbre marinero, en oleaje

sonoro. Olas de voz. Ausentes olas.

Con lento paso, imperceptible casi.

 

 

Yo que  muero, sin existir en ti.

Sin acomodo en el consuelo. Pregono

en discurso, letanía de amistad,

mi vacío infinito, sin timonel.

Grito, tu partir, a manos del rencor

iracundo; y lloro, a orillas de la mar.

Con lento paso, imperceptible casi.

 

 

Al portón dejaré centinela, guardián

de los naranjos, y de mi desdicha.

Cobijo y sombra del jazmín yaciente.

Testigo fiel será, del sueño aciago.

Aciago. Nunca la noche soñó

sentir el aullido feroz del amante,

la mano amiga. Nunca la soñó….

 

 

Yo que  muero, sin existir en ti.

Arrastro en penumbra, un reguero de savia,

que siembro en campos de ceniza y nardos.

Calvario que pide su cruz, y morir.

Aplomo guerrero abatido en dolor.

Sin ofrecer resistencia a la luz,

busco tu mano, en tan cercano paso.