kavanarudén

Un solo gesto

 

Se quedó mirando como se alejaba.


Sintió su corazón resquebrajarse, su estómago cerrarse, mientras abundantes lágrimas recorrían su rostro.
Tuvo ganas de correr hacia él, de retenerlo a su lado, mas no lo hizo.
Él había sido lo bastante claro y directo, había otra en su vida.

No podía resistir a la tentación de preguntarse ¿Cómo era? pero sobre todo, ¿Quién era? Saberlo no iba a mermar su dolor, todo lo contrario, lo aumentaría en extremo.
Es increíble la vida. Como todo puede cambiar en un momento, en un instante.

Su intuición femenina le estaba indicando, desde hace tiempo, que algo no iba bien. Sus ojos ya no la miraban como antes. Sus besos tenían un sabor diferente. Ya no se entregaba por completo en la intimidad. Sus silencios eran prolongados y lo sentía ausente.
Cuando le preguntaba si algo sucedía se justificaba: problemas en el trabajo, estaba muy cansado o algunos problemas en su familia.
Ella callaba, no insistía. Fingía que todo iba bien.

Aquel día le pareció eterno el camino de regreso al apartamento.
Se sentía aturdida, perdida. Con unos lentes oscuros lograba disimular sus lágrimas.

Al abrir la puerta se sintió desvanecer. La soledad le dio la bienvenida. Todo le recordaba a él. Se dirigió a la habitación y se desplomó en el lecho. Dio rienda suelta a sus sentimientos y lloró como hacía tiempo no lo hacía. Una serie de preguntas la atormentaban: ¿Por qué? ¿Qué había hecho mal? ¿Qué había sucedido? ¿En qué me equivoqué?

Abrazó la almohada que le devolvió su olor. Aquel olor que bien ella conocía y la hacía enloquecer, en aquella ocasión le hizo daño, mucho daño.
Perdió el sentido del tiempo, del espacio. Cerró sus ojos y fue asaltada por tantos momentos vividos que, como un cruel film, pasaban por su memoria.

Había caído la noche, todo estaba en tinieblas. Reinaba el más completo silencio. La luna se colaba a través de la ventana.

Con dificultad se levantó y se dirigió al balcón. Abrió la puerta y miró a lo lejos. Un viento fresco acarició su martirizado cuerpo. Era tal su tristeza. Jamás la habían herido de aquel modo. Le dolía hasta respirar, lo cual hacía con dificultad. ¿Qué sentido tenía la vida sin él? Su habitación daba hacia el acantilado donde se podían observar unas vistas preciosas, sobre todo del amanecer o el atardecer marino. En aquella ocasión todo era oscuro y sin sentido. Trepó por la barandilla y se sentó al borde. Un solo gesto y todo habría terminado. Oteando el horizonte se percató que comenzaba el amanecer. Tímidos los rayos de sol se hacían presente. Un solo gesto y todo habrá terminado - se volvió a repetir - Un solo gesto….