Juan Manuel Hernández.

El recitar de una poetisa. \'\'(A Trina Ortíz.)\'\'

Sube al estrado aquella mujer.

El nerviosismo de aquel último intento,

Las miradas puestas en ella estremecen su piel.

Y paciente, recita sus versos.

 

El tiempo nevó en su cabello,

Infame, como siempre pasajero.

Su voz quebrada, sufrida, llorosa.

Reflejando el total sentir de la poesía.

Se detiene la música, las luces, su compás…

 

El mundo gira a su alrededor.

Incluso la muerte, cautivada,

Se detiene a oírla recitar.

Sonríe con cada verso, con cada letra.

 

Ella es la dueña del mundo,

Vuela tan libre como las gaviotas de sus versos.

Sus palabras vibrantes calan en los huesos,

De aquellos, que detienen su paso al oírla hablar.

 

El tiempo no importa cuando se abre su libreta.

Ella se ha robado el alma de músicos y poetas.

Su alma es arte.

No hay otra explicación…

 

Sus lágrimas caen en sus hojas manchadas.

Reflejo de la emoción que emana su escrito.

Es imposible evitar sentimiento alguno al verle llorar.

Porque quizás, sea una de las que se va.

 

Quizás se vaya por un tiempo.

Mas su pluma jamás dejará de pintar.

Obras de arte que, en su libreta

Siempre se van a plasmar.

 

Las fronteras no son límites.

En todos lados se aprecia la belleza de una flor.

Así como por el viento, sin permiso alguno.

De país en país, se traslada su olor.

 

Ella no es una de las que se queda.

Tampoco es una de las que se va.

Ella es una amante desenfrenada del arte.

Ella es hija de la libertad.

 

No importa donde esté.

Dulce poetisa siempre será.

Quizás aquí, quizás allá.

Ayer, Hoy, mañana, hasta el final…

 

Juan Manuel Hernández.