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Alberto F. Alvarenga

¡Lágrimas de un pueblo!

¡Tristes cantares! Los de un pueblo,

Que marcha pidiendo al olvido,

Que lamenta llorar a sus muertos.

 

Cicatrices de incontables angustias,

Penas de incontables abusos, y la

Amargura de labrar la tierra, sabiendo

Que trabaja para la avaricia de pocos,

Y comen en la miseria de muchos.

 

La sangre de los pobres que corre por las

Calles, encharcadas con su llanto y el

Asco de los culpables.

La vida que se le escapa en cada gota

de sudor ardiente, y corre hacia las manos

de la muerte.

 

Una tierra donde las madres paren, y

Sueñan, no con ver a sus hijos triunfar,

Sino con verles vivir. Padres que ya no

Compran rosas, sino coronas de crisantemo.

 

Aquellos que alguna vez el grandioso Dalton

Llamó los guanacos hijos de la gran puta,

Los tristes más tristes del mundo,

los siempre sospechosos de todo… ¡los mejores

artesanos!, son los pobres infelices del ahora,

a quienes él sin duda llamaría, los siempre de luto.