Daniel Eduardo Mendoza Camarena

Esa dama

Esa dama a la que amo,

me enloquece con sus engaños;

me fascina con desengaños

que elevan mis suspiros

de lirio desmayado y frío.

 

Esa dama cruel, me tortura

con el amor no correspondido,

me hace envilecerme

con el vaivén de sus desvaríos

y con la negra rosa de la muerte.

 

Amable y gentil, llena en beldad,

pero su suave hablar de huerto

escarchado de fresa y chocolate,

me mata y deja del todo yerto

al negarse a darme su felicidad.

 

Su negación me llena de vida,

su desprecio me llena torpe,

su mirar me custodia y cuida

aunque sólo sea su nombre

el que mi alma negra, así, me priva.

 

Me enamoro, más ella juega

con mis puras y tenues intenciones;

y en el llanto amargo de mi lecho

revive su rostro de luna virgen

con un suspiro fútil y estrecho.

 

¡Qué más puedo esperar!

Si en la noche incandescente

de su amor jamás logrado,

me veo fatuo y derrotado

ante de su faz resplandeciente.

 

Mi boca se torna en el yermo

más ardiente y despiadado,

al enunciar su bello nombre

que jamás será olvidado

por éste vil, nunca recordado.

 

Esa dama desea con vehemencia,

que del elíxir de Afrodita

beba sin control ni mesura;

a cambio, en mi sola demencia,

me abandono al que mal incita.

 

¿Qué más diré sin hábil cordura?

¡El amor fémino no perdura!

¡Jamás me brinda de suerte!

Se deleita en mi mala muerte

que me deja sin su fortuna.

 

Esa dama, llamada \"Pasión\",

sólo enciende la roja sangre

que en mis venas luce carente,

si ella me toca cual luz de neón

me vivifica, me mata, me miente.