Me inundo…
Por mi cuerpo corren más lágrimas que sangre;
después de todo, no era tan buena idea encarcelarles junto a tu retrato…
Hoy, he terminado siendo presidiaria
mientras mis ojos hacen juego con el mar;
me hundo sin remedio en este foso sin salida,
la oscuridad me devora desde adentro
y la tristeza me ha atado las manos con mi propio cabello.
Respirar duele como si acabase de nacer,
con la única diferencia de que empiezo a morir.
Dueles…
Justo aquí dónde no debo tenerte,
en mis suspiros, en mis pupilas,
en estas venas que se ahorcan entre ellas,
en estas ruinas que aguantan la respiración
buscando que la inconsciencia borre tu huella.
Álgida…
Esta existencia a la que le robaste el sentido,
esta sonrisa que ya no quiere ser verdadera,
mi imagen frente al espejo tornándose gris y vacía,
la blanca cabellera que a mis deseos brotó
mientras esperaban de ti aquello que jamás sucedió;
mi mano herida por detener un corazón idiota
que insiste en correr a tus brazos.
Sin respuesta…
Cada interrogante que ya no quiero que resuelvas,
cada esperanza de que con el perdón
los vientos fuesen brisa y no huracanes,
los desvelos observando tu rostro
y las mantas sobre tu cuerpo para abrigarte del frío.
Muerta…
Cómo tantas veces deseaste.