Arsenio Uscanga

Lista de deseos sin consumarse...

\"Uno en la vida suele soñar con diversas cosas de varios pintos colores y formas, a medida que estas se diluyen o se desprenden de nuestra piel, comienzan los dolores del alma.\"

 

Marco esperaba paciente en la buhardilla del café Madisson, abajo podía observar como los perros arrancaban el aroma de aquel fresco día otoñal y como con su mirada curiosa arrebatan el verdor del pastizal y lo devolvían en suaves miradas de confidencia, había aquel día en el parque cierto aire de romanticismo, en el chófer del colectivo que acompañado por una parda mujer entregaba a los individuos en la única parada del parque Lorencez, en los tórtolos que corrían alrededor de la laguna, e inclusive en aquellos niños que bajo la curiosidad o morbo, vaya uno a saber, se daban un beso inocente. ¿Quizá era la proximidad del encuentro con Mariana lo que le tenía cada sentimiento a flor de piel? Miró el reloj y se percató que ella debía haber llegado hacía cinco minutos, un pasmo de pánico se apodero de su pecho, la idea de quedarse ahí plantado, con los sentimientos encajonados y un café enfriándose como él mismo, le produjo un breve sentimiento de tristeza. ¿Acaso no habían quedado al cuarto para las doce, o es que no se había explicado de manera correcta? Sucedía que tratándose de ella, jamás podía expresarse del mismo modo en que lo planeaba en su mente. . . Verla altiva subiendo por las escaleras, le alivio la vida, aquel vestido blanco que se ajustaba de manera perfecta a su cuerpo, parecía cobrar vida propia seduciendo con cada uno de sus pliegues, pudo observar sus pantorrillas níveas y lo delicado de sus gráciles tobillos, sus pies de fino encanto encerrados en aquellos zapatos que tantas veces él había jugado a quitarle, eran los doce y quince, ¿Valiente espera, no? -se dijo a si mismo en una voz que parecía susurro, como para rectificar el triunfo ante su lado impaciente.- Lo dices como si no supieras que puedes vivir en su espera.- profirió, mientras una sonrisa en su rostro se dibujaba. Y es que durante el año de su estancia en Tarragona, olvidó como dar la hora, de algún modo era más confuso agendar una cita al cuarto para las doce, que si se hacía a las once con cuarenta y cinco, olvidó qué linea de camiones le llevaba hasta el parque, por eso tuvo que caminar las diez cuadras de distancia desde el sitio en se percató de su extravío y preguntar por la ubicación de aquel café en el que la vio por última vez, pero sobretodo, había olvidado el efecto placebo que ella producía en él. -Holaaaaaaa.- exclamó Mariana con una voz que reflejaba todo el vigor del mundo, mientras se fundían en un abrazo que contenía todos aquellos que faltaron en año y medio de ausencia mutua- El mediterráneo te ha sentado bien.- remató la frase de bienvenida con esa sonrisa que hacía ver a la Catedral de Santa Tecla como un alfeñique monumento a la belleza. -He pedido un café para matar el tiempo de espera-. dijo Marco con una voz entrecortada que contrastaba con la frecuente parsimonia y seguridad que mostraba. En realidad, cada día durante su ostracismo pidió un café para matar la horas de ausencia que aún le restaban y alejaban de ella. - Te ha sentado bien cada día que ha pasado por tu vida- dijo mientras tomaba su mano y miraba fijamente sus ojos de castaña belleza. Se acomodaron en el sillón, ella frente a él con las piernas cruzadas, casi sin intención en postura sugerente, él de manera que con el paso del tiempo, hubiera espacio para amoldar sus cuerpos, pidieron un Té chai, y una tisana de alguna parte tropical del mundo, la camarera, una señora regordeta y de apariencia noble, de entre cuarenta, cuarenta y tantos años, hizo algunas recomendaciones, que aquellos, embelesados en su mundo de dos, aceptaron sin pensar en ello. Hablaron del arte, de las funciones de cine, planearon una visita a la playa, y luego discutieron del surrealismo, centímetro a centímetro la distancia fue cediendo ante el eléctrico magnetismo de aquellos seres. Alicaídas las horas la charla se fue haciendo más intima, hablaron del modo en que se sentían estando juntos desde siempre, y la valiente confesión de Marco sobre el hecho de como cada silueta, contorno, modo y detalle de Mariana le provocaba un inconmensurable cariño, hasta llegar a aquel punto en el que Mariana preguntó: - ¿Cómo ha sido la vida lejos de aquí? Supongo que después del paso del tiempo, nuevas sucesos y perspectivas han hecho variar tu lista de deseos y prioridades, aparte- dijó con una mirada picarona- Quiero saber quiénes han dejado marca en esa piel tostada- En su rostro se dibujaba la curiosidad con forma de ninfa, mientras mordía con sutileza sus labios al terminar la frase. - ¿Recuerdas aquel día que acudí a ti tras una noche de hastío? Preguntaste qué esperaba precisamente de una noche de otoño si todas son aburridas,- mantenía un tono de inflexión, que se suavizaba cuando lograba descubrirla siguiendo la conversación y mirada- precisamente eso fue mi vida sin ti, el Mediterráneo tiene ventajas maravillosas, pero sucede que contrario a lo que pensé, pese a nuevos proyectos, escritos, vida, casa y cultura, - suspiró mientras hallaba valor en un sorbo de la ahora tibia tisana, finalmente aventó de sopetón- jamás hubo un sueño que le arrebatara atención a aquel de volver a mirarte caminar por delante de mi con tu falda volando al aire. -¿Así que has soñado conmigo?- su voz, ahora tenía un tono ronco que le confería una sensualidad ignota- espero que haya sido siempre preservando mi imagen intacta. - Supongo que alguna vez he soñado en besarte de manera ferviente, después de pretender despedirme tras una tarde juntos- Marco podía sentir como el color subía a sus mejillas, más no pretendía censurarse- también he de suponer que forcejeamos con la cerradura entre besos y finalmente caeríamos en el sofá. El rostro de Mariana era ahora un jitomate, y cuanto más buscaba disimular su estado, más evidente resultaba. -¡Vaya que tienes buena memoria para los sueños! -agitaba su blusa de manera estruendosa buscando de modo infructuoso sosegarse- yo que apenas puedo acordarme de ellos al minuto de despertar- su gesto era de un alivio compugnido. -Bueno- exclamó Mario intentando explicarse- sucede que en cuanto vivo o recreo una experiencia que se asemeja a un sueño, intento escribirlo. Es así que sé puedo recordar la manera en que besaba tu cuello, la forma en que nuestros cuerpos se amoldaban, y mi lengua lamiendo cada poro de tu espalda- a estas alturas, trataba de contener la respiración- los roces de tu cuerpo con el mio, tus muslos a flor de piel mientras los besaba- se contuvo de golpe y calló- ese sueño fue de la última tarde que te vi, en adelante, sólo sueño que te perdí-dijo con el cejo fruncido y un rictus de dolor. Mariana intentó articular alguna frase que rompiera con la repentina tensión del instante, finalmente se animó a decir de manera tímida: - Yo no creo que me has perdido- Ahora buscaba de manera cuidadosa las palabras, evitando lanzar un dardo que pudiera herir y delegar a aquel reencuentro el carácter mortuorio de las decepciones- sé que la vida no ha permitido que sea posible-cuidaba no dejar algún hilo suelto que pudiera hilar historias de amor que no tenían sitio. Finalmente bajó la mirada, y el silencio destruyo las cuatro paredes de ese mundo privado, afuera, el cielo se tornó de un color arena, un perro aullaba en la distancia. Marco se acercó de manera sutil al rostro angelical de aquella a quien tanto amaba, de pronto, se encontraba besando su rostro con fruición, tomo su rodilla con ligera rudeza mientras sentía sus dedos raudos por su cabellera. . . Finalmente, se separo, no sin antes exclamar en voz apagada: -Sólo debías atreverte a ser feliz, ahora queda claro que pese a que he intentado quererte a expensas de tus reservas, hay en nosotros algo que nos atrae y somete a querernos de manera intima, así como ahora- los ojos de tono miel se mostraban cristalinos, pero en un último esfuerzo de auto control logró someter el proceloso mar que se aproximaba- y ahora culpas a la vida, al destino, cuando en realidad lo que faltaron fueron ganas.- ahora su voz tenía la seguridad acostumbrada pero de tanto en tanto adquiría una tonalidad de ira- ¿Qué carajo? tampoco faltaron ganas, -su voz casi quebrada le daba un aspecto lastimoso-más bien nos faltó coraje, y ahora te veo con ese anillo en tu mano y se me cuelga la vida . . .   Mario se paró dejando un beso en la frente de Mariana, los sueños sin consumarse y el 15 porciento de propina . . .