Alberto Escobar

Ausencia

 

 Los padres construyen las cruces en las
que luego se cuelgan los hijos.
Lola Blasco. Siglo mío, bestia mía.

 

 

 

 

 


Sentado en un bar bajo los pinos,
espero la hora en la que su madre
me \"deja\" los niños, según reza
el mensaje de advertencia.

Doy buena cuenta de un bocadillo
que me sabe a gloria, salami y queso,
regado con un buen refresco de naranja,
y como refuerzo una cerveza digna del
calor de justicia que hacía en ese preciso
momento.

Contemplo en un flash la película de mi
vida en estos últimos años, comprendo
como el discurrir bajo la hégida de la
zona de confort - o más bien zona de
ignorancia programada - me mantenía
alejado de mí mismo, viviendo al dictado
de unos principios que pretendían hacer
de mí quien no era.

Me observo desde el vértigo que supone
el acero de la soledad ocasional, episódica
- porque sigo gozando de la convivencia
habitual de mis hijos - y me contemplo más
puro, yo contra los elementos, sin bebedizos
ni psicotrópicos que me hagan comulgar con
ruedas de molino.

Dispongo lápiz y papel, que lo llevaba de
casa con premeditación, para recoger negro
sobre blanco el rimero de emociones que
se desbandaban a la sazón.

Me dirijo tras el refrigerio al sitio acordado
con la sorpresa del abordaje lacrimógeno
de mi hijo mayor, que desborda mi cauce ya
saturado hacía rato.

Tras Alberto se sucedieron los te quiero de los
dos pequeños, que esperaban su turno.
Fue una tarde maravillosa...