Alberto Escobar

Odisea

 

Y los dioses te concedan cuanto en tu corazón anheles: marido,
familia y feliz concordia, pues no hay nada mejor ni más útil
que el que gobiernen su casa el marido y la mujer con ánimo
acorde, lo cual produce gran pena a sus enemigos y alegría a
quienes los quieren, y son ellos los que más aprecian sus
ventajas.

Homero. La Odisea.

 

 

 

 

 

Alzo la vista para localizar la estrella del sur.
Hace ya tres años que zarpé con mi velera 
nave de las playas de Troya, en el estrecho
Helesponto, con la intención de volver a mi 
reino, a mi hogar, donde mi esposa Penelope 
y mi hijo Telémaco supongo que ansían mi
regreso.

La batalla fue encarnizada y reñida hasta el
punto de desesperar la victoria que al final
llegó gracias a mi ingenio, debo reconocerlo
aunque me pese, y a la lealtad de los mejores
de mis sufridos compañeros dánaos que se 
ofrecieron a instalarse dentro del caballo, 
que fue entregado a Troya en señal de que la
derrota era reconocida.

 La mar está tan bravía que temo naufragar en
cualquiera de las numerosas islas que puntean
el Egeo porque mi nave, cuando Poseidón es
presa de la furia, se torna barquito de papel
ante las gigantescas olas que amenazan con
tragarme cual ballena a Jonás.

Todavía me quedan diecisiete largos años para
llegar a Ítaca según la leyenda, y con ellos un
sinfiín de peripecias bien conocidas por toda la
humanidad gracias a un tal Homero, del que se
duda su existencia mas representa un bardo
griego de aquellos que a la sazón, en el octavo
siglo antes de vuestra era, eran muy abundosos
por estos lares.

Estoy deseando estrechar a los míos sobre mi 
pecho ardiente y helado de ausencias, aunque 
sé que antes tendré que expulsar a unos viles
parásitos que campean por sus respetos en mi
palacio, esquilmando mis despensas en espera
de la decisión de Penelope, que teje y desteje 
bajo la luz de la esperanza, que a la postre 
brillará sobre su frente.