Chrystell

Costumbre

La costumbre me condena, me estanca, me hace prisionera de mis afectos y me ata a malos hábitos; se vuelve monótona llegando a veces a ser tediosa, pero ahí me mantiene. 

Lo peor es cuando me acostumbro rápido a ciertos afectos, por ejemplo, a ti ¿Quién diría que un simple mensaje me desestabilice el alma cuando al pasar un día no llega? 

¡Qué tedio, qué día tan largo y qué vacío! Y qué patéticas mis emociones. Y si pasan dos días más con mi costumbre eclipsada ¡Oh qué neurosis! 

Sí, qué patética, vuelvo y digo. 

Y es probable que tú, objeto de mi costumbre, pases a ser sustituído en unos meses, quizás en años, así que no podría, pues, culparte, sino más bien a la costumbre misma. Sí, es su culpa. 

Y ahora ¡Qué vacuidad! 

No habría escrito nada de esto si tú me hubieras escrito hoy al igual que antes de ayer. 

O más bien, esto no estuviera pasando si no me hubieras escrito todos los días los últimos meses, pero me faltaste hoy y ayer. 

Me he quedado esperando... 

¡Desdichada costumbre! 

 

(Y así pasaron semanas...)