Alberto Escobar

Ensalada de sentires.

 

 

En el largo cian del cielo
clavo mis consignas.

A Dios pongo por testigo
que no volveré a ser cauto.

Me consagraré a la zarza
ardiente de mis pasiones.

Viviré siempre en gerundio.

Me dejaré pisotear por el
correr de los años, paciente.

Me lanzaré a la tentación de
desoir a los sedicientes sabios.

Me dejaré calentar los bulbos
si con ello regreso a la Cueva
de Platón, si logro el deseo de
que me engañen para me reír.

Acartonaré mi corazón si es
preciso, excepto conmigo.

Cuando tenga que huir lo haré
rompiendo el sonido, rasgando
el aire que ya no respiro.

Lo único que me existe vive dentro.

Las imágenes que se reflejan en el
espejo del agua son, creo, las que
dibujan mis geniecillos con la tinta
del gris de mi sustancia.

La verdad que nutre al dogma no
me alimenta ya, he descubierto la
oquedad del universo que encierra.

La verdad es vianda tan indigesta
que no puedo más que trocearla
para que mi boca la pueda prender,
pueda hacerla suya, más sencilla.

Vivo haciendo las maletas para huir
a la desbandada; es que, perdóname,
soy indeciso en los adioses.