Amalia Lateano

CINCO

        Cinco, no son ocho ni cuatro, son cinco, los que se confunden entre las sombras pisando y haciendo crujir las hojas secas de los fresnos, con sus mochilas llenas de botellas de agua y sandwich de queso y mortadela. Eran chicos sin temor alguno que buscaban llegar al monte de eucaliptos y así cumplir con la aventura de acampar ese día, entre los árboles enormes y añosos.

       Caminan conversando de banalidades, de temas sólo importantes para la edad de la inocencia. El sol avanza en el cielo azul, como un redondo barrilete sin hilo, atravesando lentamente y calentando la media mañana otoñal de este sábado donde los chicos, libres como los chingolos y las torcazas que cruzan a toda velocidad por las alturas sobre sus cabezas, como si los quisieran guiar hacia algún nido olvidado en la copa de los árboles. Llegan al lugar ansiado. Algunos troncos están ahuecados como formando una gruta en el árbol. Deciden acampar dentro del más grande. Sólo Juanita, se arrepiente y se vuelve a la casa quinta, corriendo...

        Súbitamente el hueco se ilumina con una luz azul fuerte, intensa, penetrante que convierte al lugar en un territorio inexplorado, lleno de estrellas plateadas y doradas que los transforma a cada uno de los cuatro chicos, cuando las miran, en otras lucecitas que  evaporan su ser material y los transforma en seres que viajan a  un espacio desconocido. No pueden hablar. Ni se reconocen. Ni se recuerdan. Se mueven hacia la raíz con premura. La tierra los absorbe. Avanzan hacia  un  lugar donde  la luminiscencia se intensifica... Siempre quedó la duda si eran cinco...

AMALIA LATEANO