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Caminamos.

Caminamos por el orbe
descubriendo nuevos nombres,
observando: al sauce crecer,
al tejo ensanchar su tronco,
el ruiseñor posarse en el fondo,
la madreselva al son del viento,
el rumor del marchar del insecto,
ahí caminamos en medio del silencio.

Enamorarme es sencillo
al vivir entre el alma de la tierra,
sacudir mis penas en la hierba,
correr contra el viento para liberarme,
ver unos ojos verdes o azules
que roben las partículas de mi ser.

Caminamos tranquilos,
no todos contemplan lo simple.
Muchos se pierden en lo moderno,
en las caricias de lo cómodo,
ahí se posan en lo material,
en lo estorboso del avance social.

En la luz de la luna bailamos,
con las luciérnagas iluminando
el suelo floreciendo tranquilo,
las estrellas caminando
el ritmo de los corazón acelerando,
los pies sintiendo el fresco de la tierra
al ritmo de los sonidos de la naturaleza,
baile infinito en las madrugas alegres
en los detalles ocultos de la esperanza.

Cantar con los hermanos del reino animal,
alojarse en sus nidos, jaurías, manadas, en sus hogares.
Comprender que somos parte de un todo,
un alma conectada que respira
y en los tiempos modernos muere,
por la sangre derramada de sus venas
que injustamente se van cortando,
por culpa del reino más “pensante” y “razonable”.

Caminamos sigilosos entre las construcciones
hechas con las esencias del espíritu hermano,
aquellas del hombre verde que se quedó varado.
Disfrutamos escribir en la piel de él,
saciar la sed de lo poético,
en esa parte del señor verde,
conjugar palabras inexistentes
en descripciones ininteligibles,
ahí donde seguimos invisibles
como buenos poetas arrumbados, tristes.