Alberto Escobar

Tregua de navidad

 

 

Eran en su inmensa mayoría niños arrojados
a las fauces de Leviatán, hambriento de venganza.
Añoraban el calor de sus seres queridos, tan lejos...
Les tocó sumirse en un sinsentido precisamente
en el tiempo del amor, en Navidad.
Fue la magia del deseo, la fuerza de la costumbre
que arrasa quimeras y demonios por enormes que
sean, fue un suceso infinito, elocuente de la grandeza
del amor, que soporta barbaries como esta.
En un lugarejo cualquiera, en tierra de nadie, se dibujó
la estela de la estrella de la esperanza.
Surgió del alma el primer villancico, y como sucesión
inefable de fichas de dominó, trascendiendo trincheras, 
se hizo virus contagioso entre las filas combatientes.
No cupo otra cosa que el armisticio, aunque fuese del 
tamaño de un suspiro.
Salieron a su encuentro como almas sedientas de afecto, 
la simpatía era tan grande que no tardaron en conciliar 
amistades, en desvelar secretos, en compartir padeceres...

 

Por un segundo se unieron las manos
de la justicia, otrora
inexistente, reinó entre hermanos
la paz, la amistad, solo
por unos instantes, fueron eternos.
Pronto, tras el fútbol, llegó la hora
de volver a luchar
por lo que llaman patria, ¿Porqué matar
a inocentes, quién
lo manda?, los de siempre, el vil vitriolo
de la victoria vehemente, el que está
sentado ante el pavo de los infiernos.