Apá, este día amaneció borroso y triste como que el cielo quiere llorar. Vi como tú solo, heroicamente, te enfrentaste al frío invierno de esta madrugada. Caíste ante los pies de mi madre como si te hubieras sentado ante el surco de la tierra donde dejaste tu semilla. Te sentaste a descansar la fatiga del tiempo. No hubo queja ni lamento alguno. No llegué tarde ni temprano. Tomé tus manos aún cálidas, las junté pero ellas ya no quisieron estar unidas. No escuché tu respiración y la luz de tus pupilas ya se había ido. Te tomé ambas manos y te di la despedida con una oración o con un discurso que te dije o pensé decir. Ya habías emprendido el viaje, ya habías cumplido con tu tarea encomendada por Dios y la Naturaleza. A tus hijos no dejaste ni tarea ni encargo alguno. En vida les dijiste lo que había que hacer. Cerraste tu ciclo, en paz y tranquilamente. De pronto vi que tomaste tu bicicleta y te fuiste siguiendo el camino…
Apá, me dueles en el recuerdo de mi niñez porque voy contigo, montado en el cuadro delantero, donde siento tu respiración y agitación de tu juventud. Junto contigo me agito y me esfuerzo. No sabía a dónde íbamos, si íbamos a tapar los almácigos o enfrentarnos al temible frío invernal, pero íbamos juntos. Padre e hijo. Qué dicha tan grande era ir contigo. Mis primeras lecciones las aprendí a tu lado. Imposible sería decir que no leí la vida contigo. Ahora que te vas, no me dueles con tu partida, si acaso me ves que lloro o tirito es por el duelo que tiene mi cuerpo con el frío de la obscura noche o con el frío de la nada. Es mi duelo y nada más.
Apá, espérame un poco, deja cerrar unos pendientes que tengo que hacer. Ya no son muchos, son unos cuantos detalles, cuando los termine, también me enfrentaré al invierno y me montaré, de pie, sobre la rueda trasera de tu “birula” y te acompañaré, feliz, camino a la eternidad.
Hasta pronto, apá.