Murialdo Chicaiza

PÍNTAG

 

Qué feliz la gente del campo

Con su inocencia natural

Con sus ángeles de tierra y lluvia

Qué maravilla estar en la cima

Entre la neblina y el frío

Con el recuerdo de Nietzsche.

Qué tierno el corazón

De la gente sencilla del campo

De la sonrisa de la niña morena

Que abraza a su joven novio.

Cada tarde tiene su misterio:

El murmullo de los árboles cercanos.

Qué virtud de mirar desde arriba

Los lejanos volcanes y los montes

El Antisana a mis espaldas

Con su corona de plata y hielo

Y no necesito imaginar vacas

Rumiando la paz de la hierba húmeda

Ni a caballos reposando en los establos

Esperando amaneceres de luz y vaho

Ni a iracundos dioses que lanzan rayos

Ni a truenos retumbando en miles de ecos

Tras arcoíris escondidos en la niebla.