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ELBA BEATRIZ

POEMA IV

 

 Bostezaba enero su siesta gigante

y nos partió la boca con filosas ganas 

de ungir nuestros besos con vino de rosas,

con néctar ardiente de todas las flores.

 

 

Mordimos con ansias las frutas maduras

bebiendo de ellas hasta el último aliento,

hasta emborracharnos de goce infinito

y despojar del cielo el gigantesco sol.

 

 

El vuelo del tiempo detuvo su marcha

para eternizar nuestro bello conjuro:

fusión encendida en un rito de amor.