Norberto p.p.

A mi vieja.

Eres mujer de juicio, que empalma dos caminos:
La libertad y el amor. Esposa que sufre por destino 
y en su mente existe un Dios. Eres la verdad discreta
de lo que no escondes.

 

Viví en tu mundo y creo fue menos efímero que el
que contigo he compartido. He vivido de ti y por ti,
que me da pena hablar sin saber que ya estoy
muerto.

 

Eres mujer de mi padre, en mí te respeto, y en las
otras mujeres que ya son madres. Se me olvida
que si Dios quisiera, yo también podría ser como mi
padre: sin olvidar a los abuelos, tener que recordarme
a mí, más aún, el cometido de la vida que es más
complejo y más triste que vivir sin ideales.

 

Eres más hermosa que mis sueños, aun cuando se
tratan de ti. Por ser como eres sin haber nacido
siendo… te quiero, te quiero por eso y por mucho
más; aún por lo que no debería quererte.

 

Te amé un día sin saberlo y cuando resucité me
enseñaste que amar es el deber de los que nacen
y la dicha de los que mueren por vivir. Tampoco
supiste que de ti lo aprendí. El amor no tiene ojos
pero siempre sabe a dónde va, por eso es enemigo
de la muerte, de mi muerte.