Alberto Escobar

Un día de muchos

 

 

Día dieciséis de septiembre de dos mil dieciséis. 

Abrí los ojos para no cerrarlos más a las siete de

la mañana.Me erguí en dirección al pantalón de

futin y a la primera camiseta al alcance de mi

mano, cumplí con las abluciones de rigor y me

precipité a la oscura calle silente, deslumbrada

por casi ningún punto luminoso de importancia.

Me entregué al regazo de la naturaleza

desperezante que me exhalaba al paso lo mejor

de sus aromas.

Vuelvo renovado a casa para atender la rutina

familiar que martilla como el cómitre en galeras de

película sesentera, me decido hacia mi trabajo en paseo

ensimismante a ratos, en brazos del libro de turno,

controlo en ciego el tráfico ambiente sin sufrir todavía

consecuencias incontables.

Cumplo con mi trabajo fluyendo desde dentro, siendo yo

dentro de un gigante que mercadea con tu vida y tu tiempo

como ambrosía olímpica.

Salgo de las puertas del infierno a las cuatro y cuarto,

cuando el sol brinca y juega con las horas sin pensar en su

pronto ocaso, regreso a casa en ausencia de los míos que se

mecen al ritmo de los horarios, descanso por momentos,

muero durante solo media hora para renacer

de mis cenizas con la fuerza ciclópea del Minotauro, me

incorporo a sus horarios (los de los otros morantes

de esta casa) para facilitar el tránsito de lo estipulado y acabo

dios gracias sobre el catre que ahora me solaza, que consuela mi

espalda liberando mis manos mediúmicas para escribir estas

palabras que os dedico.

 

Espero que vuestra jornada haya sido más interesante que la mía. 

No os preocupéis, la escritura sana.