Samuel Santana

El poeta visitante

No estoy muerto ni condenado.

He venido a esta mazmorra  solo para contemplar

 el desastre de tus banderas de plegarias.

En el sendero he visto cadáveres calcinados,

anclas en estómagos putrefactos,

bocas encadenadas, espaldas con clavos y manos

deshaciéndose en  ardientes lavas.

En el cadalso izquierdo colgaban los infames aparejos

de los tiranos que esparcieron las lámparas

desnudas por los pueblos lacerados.

Un grito de angustia salió de los mechones apagados.

Ánimas atormentadas se aferraban a las techumbres

 rocosas como turbados murciélagos siderales.

¿Por qué conviven aquí el fuego y las tinieblas

como si fueran estambres y arenas?

Tu figura no es tan espantosa como tu alma.

Este es el único lugar desprovisto de cruces y

de los cementerios agrietados y sin flores en los pueblos.

Si tú no eres dios, ¿por qué, entonces, se oye tu voz

en cada rincón como la de un caballo desbocado?

Tu trono está hecho de pajas mortíferas,

de larvas hambrientas y de gusanos jadeantes.

¿Qué mundo es este donde no hay ríos,

mares, árboles, luna, sol ni pájaros volando?

Por los siglos de los siglos los seres viven

 sin agua ni alimentos.

El aire que entra a los pulmones es tan quemante

como el ácido sulfúrico.

Creatura perversa, he visto que tienes abierta

la puerta a todo el mundo pero desprecia la sinfonía

 diáfana y los versos de oro.

¿Cuál es el misterio?

¡Responde!

En las celdas abismales he escuchado gritos mortíferos.

¿Acaso está el espacio lleno de hienas cazadoras?

Sé que fuiste tú quien intentó romper los peldaños

 que conducen a los astros y a la tercera morada, lugar

 que bien conoces porque fuiste de allí arrojado con el

estruendo de tu ejercito negro y siniestro.

Aleja de mí tus dominios de maldiciones

 y de ojos serpentinos.

Me reclamaste desde el vientre de mi madre pero

yo te conmino a que hables de frente y a que dejes

tú mascara, tus manos ahuecadas, tu vientre de cabra,

 tus pezuñas de arañas desorientadas, los dientes de oro y

el sombrero de tinieblas.

Tu boca es blasfemia y tus ojos dagas embotadas.

¿Dónde has ocultado tu traje de serpiente,

de dragón escarlata y de ángel iluminado?

Los que invocan tu nombre cortan

la piel y derraman la sangre.

A los vivientes has sabido disfrazarles tu morada

horrorosa con besos peligrosos, crines oscuras,

manos de seda,  pechos jugosos, oropeles rojizos y

 el hedonismo desenfrenado.

Fue la soberbia y el complejo de rey grande lo

que hizo sucumbir tu belleza y majestuosidad imperiosa.

¿No es así espíritu de los aires?

Nada has creado pero busca ser

amo y señor de todo lo que hay.

A veces no entiendo cómo siendo tú padre

de mentira  tienes abierta la puerta de la verdad.

Hasta el santo ha sufrido tus

inmisericordes calumnias.

Ser agitado, solo deseo saber hasta

 cuando seguirás  incitando a la guerra,

al odio y a la falsedad.

¡Responde!