Eugenio Sánchez

HERMANO LABRIEGO

 

 

De rudos gestos de mirada sombría,

de sonrisa franca, de palabra muda.

Es hijo  de la cañada  y del silencio,

hermano del trueno y del viento andino

y de la soledad de los caminos.

La tierra lo parió  una noche  lluviosa

y le nutrió con sus frutos silvestres,

calmó su sed con agua del puquial

y creció en  la fragancia de las flores del campo,

 por las noches duerme junto a su rebaño   

 en una humilde  choza a la cabecera de su chacra,

coge una hoz para segar el trigo a la luz de la luna,

el trigo que junto a la papa y el maíz,

son el   refuerzo para sus desgastados tendones,

acompañado de su inseparable checo y su verde coca

que a la vez son sus confidentes

en sus frías noches solitarias.

Generación tras generación va labrando la tierra

para arrancarle el fruto de las entrañas.

Oh hermano,  como caen tus días cual hojas en otoño

y tú en esa fría cordillera empuñando tu lampa

o tras el arado, animando a tu yunta,

vas forjando los surcos, de tu ilusión

al rescoldo del sol o  al intenso frío del alba;

tu pellejo está adaptado  a la intemperie.

Pasarán los días, los meses y los años,

y  seguirás en las lomas cual penitente,

día y noche, día y noche en tu labor 

hasta que tus huesos te digan: “ hasta aquí nomas”.